CULTURA Y TRADICIONES
Por Jeneze Riquer
Entre las mil contiendas «fatales, clásicas, bellas» que, como las cópulas machadianas («del potro con la llanura, / del mar con la nave hueca, / del viento con el molino, / la torre con la cigüeña»), la Natura prodiga por doquier, el ten con ten de la última de la serie con la culebra (y por extensión del ave con el reptil) es a buen seguro uno de los que ha dejado un rastro más reconocible en la tradición occidental, tanto literaria como iconográfica. Ya Plinio, en su Historia natural, da cuenta del trajín que a la mínima se traían (ayer como hoy) ambas criaturas; en efecto, en el capítulo XXIII de su magnum opus, se lee lo siguiente (en traducción del seiscientos a cargo de Jerónimo de Huerta):
Es digna de ver la pelea de una d’estas [culebras], siendo grande, con un perro o con una cigüeña, que es su natural enemiga. Ésta pelea desde el aire, y la culebra estribando en la tierra. La cigüeña pasa volando por encima, procurando quitarle la vida a picadas; pero la culebra, cuando la ve venir, esconde la cabeza y recibe su encuentro, sacudiéndole con la cola, y suelen ser los azotes que tira tan furiosos que muchas veces huye la cigüeña escarmentada d’ellos.
Todavía dieciocho siglos después, nuestro Samaniego hace decir a la protagonista de la fábula El labrador y la cigüeña (en descargo de haber sido capturada en compañía de las grullas y los gansos, que malograban la cosecha del campesino) «que, lejos de hacer daño, / limpio de sabandijas, / de culebras y víboras los campos».
Por su parte, la tradición oral castellana ha conservado un Canto a la cigüeña recogido en el primer tercio del siglo pasado por el benemérito Agapito Marazuela (de boca «del “Tío Doroteo” de Villacastín»), en cuyo Cancionero (reeditado este mismo año por Derviche) hace el número 247. La canción de marras («bailable en forma de corrido», según las indicaciones del propio Marazuela) retoma con gracia singular el tópico que nos ocupa; convertida modernamente en un éxito de la llamada música folk (gracias, sobre todo, a la versión divulgada por Eliseo Parra), dice así:
Yo me quedé clisado
en la cigüeña,
que estaba de batallar
con la culebra.Cómo la picotea,
cómo revolotea,
cómo la tiende el ala
sobre la arena.Pica en el verde,
pica en la arena,
pica en los picos
de mi morena.
Por lo demás, nuestra disputa es frecuentísima en la iconografía románica, que representa aquí y allá —en ménsulas, dovelas y capiteles— la sinuosidad de la sierpe atrapada por el pico inflexible del ave migratoria. No resultaría difícil sumar más casos al muestreo, pero a estas alturas valdrá más la pena intentar su exégesis simbólica, pues si, como afirma el Corán (en la sura al-Baqara), «Dios no desdeña proponer como parábola a un mosquito, o [aún] algo más insignificante», no será poca la enjundia latente en un desencuentro tan fecundo.
En efecto, la lucha entre la cigüeña y la culebra a duras penas oculta la oposición Cielo-Tierra (en términos cósmicos) y su larga cadena de correspondencias analógicas, tanto metafísicas (Ser-No Ser) como antropológicas (tendencias ascendente y descendente del ser humano). En este sentido, René Guénon ha citado, como manifestaciones del mismo simbolismo, el enfrentamiento de los deva contra los asura (y del Gáruda contra el Nâga) en la tradición hindú, así como el de Ormuzd contra Ahrimán (la luz y las tinieblas respectivamente) en el mazdeísmo. Siguiendo al mismo autor, el hecho de que en el Occidente cristiano la cigüeña, así como sus parientes, la garza y el ibis (símbolo de Thoth, o sea la Sabiduría, entre los egipcios), hayan figurado entre los emblemas de Cristo parece incidir en una significación similar. Incluso la popular creencia que hace a esta ave portadora de los recién nacidos refuerza su dimensión benéfica, no carente del matiz regenerador que le otorga su regreso cíclico a principios de febrero («Por San Blas…»), coincidiendo, por lo demás, con las celebraciones carnavalescas medievales y, antes, con las Lupercalia romanas, como ha recordado Carlos Alvar. Por si fuera poco, una versión rumana del célebre motivo de las Simplégades (o rocas entrechocantes), citada por Coomaraswamy en su artículo sobre el particular, hace a nuestra ave heroína de la Gesta de la Vida al explicarnos así «“Por qué la cigüeña no tiene cola”: el Agua de la Vida y de la Muerte solo puede alcanzarse pasando entre dos montañas que se entrechocan constantemente a un valle más allá de ellas; es traída por una cigüeña, que, a su regreso, escapa a duras penas con la pérdida de su cola». En cualquier caso, como toda dualidad, la del ave-reptil también delata, por momentos, vocación reintegradora; así parecen mostrarlo desde la figura del Quetzalcóhuatl en las tradiciones americanas hasta la alegoría de la «Gran Sabiduría» (citada por Cirlot en su Diccionario) en que «dos cigüeñas afrontadas aparecen volando en un espacio circular cerrado por la figura de una serpiente», pasando por la indicación de Frazer (recordada recientemente por Vaz da Silva) de que un héroe épico ruso, cuyo padre era una serpiente, entendía el lenguaje de los pájaros («idioma» del que algo hemos dicho en otros rinconetes).
En fin, baste lo dicho para provocar «a los que reflexionan», no sin acabar señalando cómo la lucha «real» (o mejor: material) de la cigüeña con la culebra, junto a sus representaciones escritas, orales o icónicas, revelan cuánto hay de justísima correspondencia, de analogía, de equivalencia, de identidad al fin, entre los distintos planos del Ser. Y cuánto hay, por tanto, de misterio en el inefable Libro de la Naturaleza.