LENGUA
Por Enrique Bernárdez
Así que la ortografía es una parte de nuestra lengua que consideramos esencial, que debe mantenerse en su integridad. Pero más allá incluso, para muchos, seguramente la inmensa mayoría de los hablantes, la ortografía no es solo identitaria, sino también «natural». Las letras tienen sus «valores naturales» (terminología abandonada en lingüística pero que aún aparece en demasiadas ocasiones al hablar de los idiomas). Para los hispanohablantes, la letra j tiene un valor natural que es el de fricativa velar o aspiración (o sea, la j del castellano central jamón, o del canario o latinoamericano «hamón»). Una vez vi en un artículo escrito en gallego en un periódico importante de Galicia el topónimo «Saraxevo», equivalente del castellano Sarajevo. En serbocroata se pronuncia [sará(i)evo]. En castellano pronunciamos esa j como si fuera español; en gallego adaptan el sonido español al habitual en esa lengua, de ahí la x. Nada más natural, podríamos pensar, pero también nada más lejano del original que esta versión gallega pasada por el castellano, y que en último término obedece a la idea generalizada de que la j tiene un «sonido natural» que es «el nuestro». Curiosamente, y a diferencia de la ñ, no sé de ninguna lengua del mundo (incluyendo el judeoespañol) donde la letra j se pronuncie al estilo castellano. Esto es una regla universal de pronunciación muy útil: si tenemos un nombre extranjero con una j, sabemos que no tenemos que articular el sonido de jamón, ni siquiera los de jitanjáfora.
Efectivamente no hay nada natural en que la j tenga que pronunciarse como en jamón; en unas lenguas es como una i, en otras es como una y fuerte, o como otros sonidos que aparecen en otros idiomas pero no en castellano; y eso sucede incluso muy cerquita: el portugués João se pronuncia con el mismo sonido inicial del catalán Joanot (sea o no Martorell), nunca con la fricativa velar española.
A veces nos causa extrañeza que una letra se utilice con un sonido, o siguiendo unas normas ortográficas contrarias a las castellanas. Para nosotros, la q es solamente una letra que utilizamos delante de una u que no se pronuncia, y que precede a ciertas vocales pero no a otras; en catalán puede preceder a vocales distintas de las castellanas (y la u, además, se pronuncia… ¡es que son muy raros!). Esto es, en vez de escribir ke, kiero o, en catalán, kuan, preferimos recurrir a la serie q+u: qu-e, qu-iero, qu-an. La pronunciación no tiene nada de especial en absoluto. Cuando vemos nombres extranjeros con q, tenemos la tendencia a dar por válidas las mismas normas del español, y hay quien escribe (en la prensa, por ejemplo) Quatar o Quoms porque «la q siempre va seguida de u»; he visto incluso Alqueda, rizando el rizo del absurdo ortográfico y fonético árabe. En esas lenguas, y otras muchas, sin embargo, la q es una letra como la k o la r, con su sonido propio: como una k articulada muy atrás en la garganta; es importante no confundirse, por ejemplo en árabe, diciéndole a alguien cariñosamente kalb en vez de qalb: porque si qalb es ‘corazón’ y queda muy bien, kalb es ‘perro’, animal poco apreciado por la mayoría de los árabes…
Ver todos los artículos de «¿Qué hay de natural en una lengua?»