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Martes, 1 de octubre de 2013

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Cine y televisión

Carlos Larrañaga, una enigmática pluralidad de singularidades

Por Joan Ripollès Iranzo

Uno de los mayores enigmas del cine español se aloja en el rostro y la mirada de Carlos Larrañaga, poseedor de una de las filmografías más peculiares y sustanciosas de los últimos tres cuartos de siglo. Su vida conforma una constelación plenamente integrada en el mundo de la farándula. Hijo de los actores Pedro Larrañaga y María Fernanda Ladrón de Guevara, es hermano —por parte de madre— de la insondable Amparo Rivelles, esposo sucesivo de María Luisa Merlo y Ana Diosdado, y padre de Amparo Larrañaga y Luis Merlo.

Vivió, ya de niño, el trajín de equipajes que jalona, desde antiguo, la vida del cómico. Nacido en Barcelona, en marzo del 37, debuta en el cine con sólo cuatro años. Acompaña a su madre en diversas emisiones de la televisión cubana y cobra cierta popularidad con un papel, aún infantil, en Pequeñeces, de Juan de Orduña.

Combina las tablas con los platós, y su rostro empieza a hacerse habitual avanzada la década de los cincuenta, primero bajo la dirección de César Fernández Ardavín y, luego, participando en varios rodajes de matriz barcelonesa. En este trance, se sumerge en un par de intrigas criminales junto a Arturo Fernández, con quien mantendrá ciertas concomitancias, ya que ambos están llamados a convertirse en grandes galanes de la alta comedia teatral.

Mientras el actor asturiano suele bordar papeles de hombre duro y maquinador, Larrañaga representa tipos más complejos, con fisuras. Prueba de ello es el argumento de A sangre fría —también conocida como Trampa al amanecer— (Juan Bosch, 1959), en que Fernández da hechuras a un frío hampón sin remilgos, mientras Larrañaga compone un joven del suburbio, que se mete a robar con la única intención de conseguir un capital con el que desposar a su novia de siempre.

Esa dúctil ambigüedad, que admite los trasfondos y sentimientos más complejos y encontrados, hace de Carlos Larrañaga el protagonista ideal de algunas de las películas más atípicas de nuestro cine. Después de intervenir en La alternativa (1962), del siempre inquieto José María Nunes, protagoniza El extraño viaje (1964), una esperpéntica trama negra, ideada por Berlanga y dirigida por Fernán Gómez, que se inspira en la crónica de sucesos para sacarle todo el jugo tragicómico a la capacidad interpretativa del actor, empujándolo incluso al travestismo.

Tres años después, protagoniza De cuerpo presente (Antonio Eceiza, 1967), una delirante parodia del cine negro americano, sacada de una novela de Gonzalo Suárez, en la que nuestro hombre es acosado por mil y una amenazas fabulosas. Ambos papeles parecerán confluir, en la madurez de su carrera, al protagonizar Pesadilla para un rico (1996), guión de Luis Alcoriza pasado también por la cáustica realización de Fernando Fernán Gómez.

Esta vertiente paranoica de la personalidad interpretativa de Larrañaga, tan rica en situaciones y matices, recibe el varapalo de la censura y el desdén del público, por lo que, hasta el final de la dictadura, se centrará, ante todo, en el teatro y la televisión, protagonizando numerosas series y teleteatros.

Su carrera televisiva se alargará hasta la presente década, participando en episodios de las series más sonadas —Curro Jiménez (1978), Verano azul (1981), Los desastres de la guerra (1983), Proceso a Mariana Pineda (1984), Segunda enseñanza (1986)…— o convertido en uno de sus máximos protagonistas. Su fama se dispara dando vida a Cayetano Salgado, el despótico cacique que maneja los hilos del pueblo gallego que acoge el tormentoso argumento de Los gozos y las sombras (1982), adaptación de la novela de Torrente Ballester. Además de permitirle trabajar junto a su hermana, esta serie, realizada por Rafael Moreno Alba, le brinda un rol de hombre tiránico, maquiavélico y hedonista que tintará buena parte de sus futuras encarnaciones, tanto en la vertiente cómica que supone su papel estelar en la serie Señor alcalde (1997-1998) —en la que interviene su hijo Luis—, como en las interpretaciones más salvajes, que culminan con el zafio proceder de Atila, el cacique que utiliza el estupro como arma política en Luz de domingo, novela de Ramón Pérez de Ayala adaptada por José Luis Garci en el año 2007.

Pese a ello, la mayor parte del público le recuerda hoy metido en el papel del boticario que protagonizaba Farmacia de guardia, serie realizada por Antonio Mercero entre 1991 y 1995, que intentó revitalizarse sin éxito al alba del nuevo milenio. Allí, el veterano actor abordaba un tipo humano entrañable, con elementos de autoparodia, en el que se extremaba el carácter ligón de un donjuán venido a menos. Una tesitura en la que ya se había encontrado, con absoluta circunspección, al interpretar al marido infiel, que quiere deshacerse de su esposa, en «El caso del procurador enamorado», episodio de la serie La huella del crimen realizado, con malevolente ironía, por Pedro Costa, en 1985.

La carrera fílmica de Carlos Larrañaga se irá extinguiendo en los remansos cada vez más cautelosos de la obra de Garci —con quien había empezado a colaborar en Las verdes praderas (1979)— y terminará desembocando en una comedia tan negra como su título. Los muertos no se tocan, nene (José Luis García Sánchez, 2011) es una adaptación de la novela homónima de Rafael Azcona, en la que el actor se mete en el pellejo del doctor Salamoya, un matasanos que se encarga de apuntillar a los moribundos de la gris Logroño de los cincuenta. Un personaje pardo, cínico y neblinoso, a la altura de una carrera tan infrecuente como estimulante, frente a la que todo ha de valer, excepto la indiferencia.

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