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Miércoles, 31 de octubre de 2012

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Chebrón o chevrón, no cheurón

Por Pedro Álvarez de Miranda

La palabra chevron da nombre en francés a una figura heráldica que tiene forma de lambda mayúscula o de V invertida. Si nos atenemos al diccionario académico, su descendiente español es —digamos más bien sería…— cheurón. Pero semejante voz, con esa -u- entre la e y la r, es un pequeño disparate que se ha colado en el diccionario. La forma correcta española del tecnicismo heráldico de que hablamos ha de ser chevrón, o, mejor —dado que el grupo gráfico vr es insólito en nuestra lengua—, chebrón. Donde en francés hay una consonante (en este caso labiodental) en español tiene que haber otra (bilabial en el nuestro) y no una vocal. Compárense los descendientes francés y español de latín capra, a saber, chèvre y cabra. Añadamos que chevron es una palabra —esta vez inglesa, y de origen naturalmente francés— internacionalmente conocida por dar nombre a una empresa petrolera.

Dibujo: dos escudos con la figura heráldica del cabrio, 'chebrón' o 'chevrón'

El error de la Academia se remonta en el tiempo hasta el Diccionario de autoridades. En su segundo tomo (1729) se incluyó por vez primera cheurón, con la explicación de su significado y una remisión a cierto tratado técnico que se había publicado poco antes, la Ciencia heroica reducida a las leyes heráldicas del blasón (1725) de José de Avilés. De idéntico modo procedió el primer repertorio académico con el adjetivo cheuronado.

Sin embargo, en el libro de Avilés cuando una u otra voz aparecen lo que se lee siempre es «chevrón», «chevrones» y «chevronado». La Academia fue víctima del doble valor, vocálico y consonántico, que, justamente hasta entonces, podían tener las letras u y v, y decimos «justamente hasta entonces» porque en 1726 la propia Academia había tomado la sabia decisión de que en lo sucesivo u representara exclusivamente el sonido vocálico y v el consonántico. Desconocedores de cómo se leían las voces chevrón y chevronado que tenían ante sus ojos en el tratado de Avilés, interpretaron que las uves tenían valor vocálico, y, en aplicación de la muy oportuna decisión ortográfica que habían tomado, estamparon en el diccionario cheurón y cheuronado. Dada la ya aludida rareza de la combinación vr, no cayeron en la cuenta de que las uves de esos dos términos heráldicos tenían valor consonántico, y de que, por tanto, deberían haberlas mantenido, o en todo —y seguramente preferible— caso haberlas cambiado por sendas bes. La culpa del error no es, como creyó Corominas, de Avilés, sino de Autoridades.

La trayectoria de la palabra en el diccionario académico produce verdadero estupor. Desapareció en las ediciones —ya en un tomo— de 1780 y 1783, pero reapareció en el Suplemento final de esta última, de nuevo con la forma cheurón. Ahora bien, cuando tal restitución debía pasar a la edición siguiente, la de 1791, lo que en ella se estampó —siempre lo desconocido es carne de errata— fue algo aún más equivocado: cheurrón. Y así siguió nuestro término, con -rr-, hasta que en la decimoquinta edición (1925) se volvió a cheurón, forma que desde entonces se ha mantenido hasta la edición vigente (2001). Otra novedad de 1925 es que a partir de entonces prefiere definirse cheurón mediante remisión a cabrio. En cuanto a cheuronado, en 1780 salió del diccionario para siempre.

Como dato curioso, señalemos que en la edición de 1899 pudo leerse, en el artículo pieza, lo siguiente: «Cualquiera de las figuras que se forman en el escudo y que, como la banda, el palo, el chevrón, el sotuer, etc., no representan objetos naturales o artificiales». Por una vez la Academia empleaba la forma adecuada de la palabra, la que llevaba, tras la e, una consonante. Pero alguien, al revisar la edición siguiente (1914), dándose cuenta de que chevrón no figuraba en la nomenclatura del diccionario y sí en cambio cheurrón, introdujo la correspondiente ‘corrección’ (¡es un decir!) en la definición de pieza: «como la banda, el palo, el cheurrón, el sotuer…». Lo que ocurrió en 1925 invita a la sonrisa. Recuérdese que es la edición en la que se restituyó cheurón a la macroestructura del diccionario; pues bien, en el artículo pieza un nuevo —¿o el mismo?— revisor decidió que ya no se metía en más líos con la dichosa palabrita, y la redacción se simplificó así: «como la banda, el palo, el sotuer…». Muerto el perro, se acabó la rabia.

No podemos entrar aquí en muchos detalles acerca de la historia de este tecnicismo heráldico, del que se han ocupado con sabiduría Martín de Riquer y Elena Varela. Antes del xviii conozco testimonios de chebrón en 1596 y de cheurón en 1675 y 1680, pero en estos dos últimos la u ha de tener valor consonántico, como la tiene, según señaló Riquer, en un xaurón de Diego de Valera (siglo xv). Otro tanto cabe decir de los «xeurones» que ocurren en Fernández de Oviedo a mediados del xvi. El propio Riquer informa de que Antonio Agustín en sus Diálogos de las armas (a1586) usó gebrón (y xebrón, añado yo). Otras raras variantes de finales del xv o principios del xvi, debidas a Garci Alonso de Torres (chievrón, chiewrón, chywrón, etc.), se hallarán en la obra monumental de Elena Varela sobre los galicismos de los Siglos de Oro. Las vacilaciones, como se ve, afectan más a la adaptación de la ch- de la forma francesa que a la de su -v-, pues esta en todos los casos se convirtió en /b/, independientemente de que la grafía adoptada fuera b, u/v o w. Las de la vocal de la primera sílaba se daban en el francés mismo.

A lo largo de los siglos xviii al xx la documentación escrita se reparte entre chevrón, chebrón (menos frecuente) y, como consecuencia del error académico, cheurón y hasta cheurrón. Por lo general los tratadistas de heráldica saben que es chevrón, pero no faltan algunos a los que la Academia arrastra a adoptar las formas con u. Es tan poderosa la influencia de la corporación, tan dócilmente acatado el tenor de lo que en su diccionario «fija» por escrito, tan indiscutida —aunque a veces no lo parezca— su autoridad, que en la cabeza de muchos usuarios no cabe la posibilidad de que se equivoque. El caso es que esas dos formas con u, forzoso es reconocerlo, han llegado a adquirir cierta ‘vida’, y pondrían a los responsables de un diccionario que aspire a la exhaustividad descriptiva de los de tipo histórico en la tesitura algo penosa de tener que acogerlas en sus columnas. Sería imposible hacer como que no se ha visto la relativamente abundante documentación moderna de cheurón y, en menor medida, de cheurrón. Inevitablemente, hay veces en que los fantasmas lexicográficos llegan a cobrar cierta existencia real.

En cuanto al diccionario común de la Academia, aún es tiempo de que rectifique, registrando para este término la forma chebrón (menos frecuente, ya lo hemos dicho, que la forma con v, pero es deseable que aquella norma ortográfica que se recitaba en las escuelas, la de bra, bre, bri, bro, bru, siga sin tener excepciones), con chevrón como variante alternativa.

Muchos diccionarios, ni que decir tiene, se han dejado inficionar por uno de los dos errores —dependiendo de la fecha— de la Academia. Pero no todos. Terreros incluyó chevrón y chevronado en el suyo, terminado antes de 1767 y publicado en 1786-1788. En nuestros días, el Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco recoge chevrón, señala que también existe la grafía chebrón y brinda un testimonio textual para cada una de esas dos formas. Impecable, como suele.

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