Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Patrimonio histórico
Miércoles, 19 de octubre de 2011

Rinconete

Buscar en Rinconete

PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (23). Las Vírgenes van a la pelu

Por José Miguel Lorenzo Arribas

En estos tiempos, en que la publicidad machaca con mil y una formas para teñir el cabello, mantenerlo vigoroso, hacerle diabluras con mil y una fórmulas cosméticas químicas, o esquivar la alopecia (¿masculina por definición?), podríamos recordar que sobre la fuerza y virilidad que simboliza la melena tendríamos que preguntar al antiquísimo Sansón, o a su bíblica peluquera, Dalila. Quienes aprendimos de niños el sentido simbólico de la cabellera viendo películas de indios y vaqueros desconocíamos que en España, hacía muy pocos años, exhibían a mujeres indefensas con el pelo rapado, después de hacerles tragar aceite de ricino, para oprobio público. Lo sabía ya Apuleyo (s. ii) que, en El asno de oro, escribe: «Y es que si le cortas el cabello a una mujer de escogida belleza la estás despojando de su natural encanto […], si se presentara calva, no podría gustarle ni a su querido Vulcano». Pero esta entrega no va de longitud capilar ni valores asociados, sino del color de la melena, aspecto que condiciona de manera significativa la imagen que cada cual ofrece de sí al mundo.

Lo cierto es que en la Edad Media los colores poseían un significado simbólico. Como siempre, no en todas las ocasiones ni en todos los contextos. Lo que sí parece cierto es la prevalencia del color dorado sobre todos los demás, reflejo del fulgor de la divinidad. Se advierte en La Chanson de Roland esta valoración extrema dada a lo brillante y se advierte en las artes plásticas, que reservarán este color a los personajes sagrados, privilegiadamente a sus nimbos. La capacidad de brillar, por tanto, se entendió como atributo divino, vino a ser una forma de crear luz, ese acto fundante que Dios realizó al comienzo de su Creación («et divisit lucem a tenebris», Génesis I, 4).

Una de las constantes que se comprueban ahora en las restauraciones de tallas de Vírgenes medievales es que bajo las capas de repolicromías posteriores, si se llega a alguna significativamente antigua, es muy probable que aparezcan los cabellos rubios de Madre e Hijo. Las Vírgenes eran rubias, color trasunto de ese admirado dorado. Cuando se las devuelve a la población de donde han salido, más que salir de las manos restauradoras parece que vuelven de la pelu, rubias como las preferían los caballeros en la película de Howard Hawks protagonizada por Marilyn Monroe, la rubia del siglo xx. Entre los muchos ejemplos que podríamos poner, citemos el rubísimo Niño (no se ve el cabello virginal en este caso, oculto por la toca) de Antonio Veneziano (segunda mitad s. xiv), que compite con el fondo dorado de la tabla, o las guedejas de la Magdalena, una vez arrepentida, de este mismo autor. De este color son también los cabellos de la voluptuosa Magdalena de Tiziano, ya en pleno Renacimiento, que a pesar de su longitud no llegan a cubrirle los pechos.

Y es que, habiendo citado a personajes como Marilyn o la Magdalena, de vida disoluta ambas antes de subir por distintos medios a los altares, hemos de decir que el rubio de la femme fatale ya responde a otro tipo de seducción, ésa irresistible y sexual que los varones atribuyen a las mujeres, no queriendo saber que es la intención y no el objeto lo que es limpio o deshonesto. El pelo rubio (o pelirrojo) parece que comienza a imponerse en el siglo xix como factor de seducción, y pintores como Dante Gabriel Rossetti representaban con una larguísima cabellera pelirroja a Lilith, a la Virgen, o a cualquier arquetipo femenino al que querían infundir ese toque fascinante. Quizá no sea casual que sea morena la Libertad que guía al pueblo francés en la versión de Delacroix. Si hubiera sido rubia, otro sería el significado de ese «pueblo» que, por cierto, parecen ser sólo varones. Quizá también ahora las tallas marianas antiguas, otrora rubicundas, o rubias directamente, fueron teñidas de oscuro para diferenciarlas de esas otras mujeres en quienes los dorados cabellos remitían a cualquier universo menos al virginal.

Pero no son sólo piezas artísticas o citas literarias quienes nos cuentan las bondades del color dorado y, aplicado a personas, del pelo rubio. Si del rey aragonés Jaime I sabíamos que se describía en la crónica que mandó escribir, El llibre del fets, como un perfecto varón, alto, de porte caballeresco ¡y rubio! (cualquiera escribía al dictado otra descripción), un hallazgo arqueológico reciente ha venido a confirmar la sospecha, y en la exhumación en el monasterio tarraconense de Santes Creus de la tumba del hijo del Conquistador, Pedro II el Grande (1240-1285), se han encontrado restos en el cabello de su momia de Apigenina Genisteina, tinte derivado de la retama cuya función era, precisamente, teñir de rubio. Nos salió coqueto o, simplemente, que el monarca tenía que refulgir, y nobleza obliga. Las Vírgenes medievales van a la pelu. Los varoniles y aguerridos reyes, por lo que se ve, y nunca mejor dicho, también.

Ver todos los artículos de «Románico romántico»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es