PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
La huida del mundanal ruido, la romántica evocación de la ruina, que, conecte o no con la pulsión erótica —como quería Cirlot—, imaginamos alejada de tráfico humano, son los trasuntos de la isla desierta, con o sin palmera. En algunas zonas de España, la despoblación es una mordedura letal para la vida de muchas pequeñas poblaciones, que han asistido y asisten, con escasas posibilidades de reversión del proceso, a la irremediable sangría demográfica. De pequeños, en la escuela, lo llamaban «éxodo rural». Tales pueblos se quedan despoblados, a veces en sentido literal muertos, desaparecida el ánima que los habitaba: sus gentes. Pero aquí tratamos de otros despoblados, los que así se denominan en la jerga de la geografía histórica, esto es, aquellos que otrora fueron poblaciones de derecho y que hoy no son sino, a lo sumo, un topónimo, asociados en el mejor de los casos a algún resto material, casi siempre en forma de despojo de templo, ermita por lo común. Y éstos son los que motivan esta página.
El medievalista Gonzalo Martínez Díez, en su clásico libro sobre las extremaduras castellanas, cartografía en sentido literal —es decir, pone sobre el mapa— centenares de despoblados históricos, y se pueden relacionar muchos más en otras provincias fuera de estos límites. Pueblos de las provincias de Zamora, Soria, Burgos, Palencia, Guadalajara, Cuenca, Huesca, Teruel, Lleida… que a mediados del siglo XX contaban con más de quinientas almas censadas, cada una representada por su correspondiente cuerpo, apenas cuentan hoy, los que subsisten, con veinte o treinta, de las que la mitad no duerme en invierno en las referidas localidades. No son pues la excepción las aldeas todavía habitadas que hoy parecen pueblos-fantasma, con casas solariegas de puertas desvencijadas, cubiertas en progresiva ruina y la mole de la iglesia aguantando como malamente puede. Quien quiera informarse a fondo de mil y una historias y paisajes desiertos burgaleses, con buena prosa y mejor conocimiento, lea el blog de Elías Rubio, titulado Memorias de Burgos.
Los geógrafos sociales, los historiadores, los antropólogos argüirán sus razones para explicar la huida. La gente, los suyos. Todos coinciden en las conclusiones: pasó algo terrible para que, rápidamente, sin tiempo para la reacción, la catástrofe se instalara para siempre. Queda en muchos lugares la nebulosa leyenda de un envenenamiento de las aguas que en su día provocara la espantada de la población… («cuando los vecinos estaban celebrando una boda, uno que no fue invitado emponzoñó la fuente en venganza, haciendo inhabitable el lugar…»), cuando no una salamanquesa como la causante de la contaminación del acuífero… Estos pueblos, cuya mayoría cumple medio siglo de abandono, se recorren entre el derrumbe, se pisan las cubiertas, los solados se levantan a la altura de la rodilla, invirtiéndose las tornas. Los aparejos de sus casas muestran la dentellada del tiempo, descubriendo los secretos de su construcción. Son casi parajes arqueológicos. Estos pueblecitos, ¿además de despoblarse, llegarán a ser despoblados en aquel sentido técnico al que hacíamos referencia? Quizá ni iglesia quede que dé cuenta, triste testigo, de que allí vivió una comunidad.
Gustaron los románticos de pintar la ruina —esos paisajes fantasmagóricos de Friedrich—, de escribir sobre solitarios pobladores —Bécquer—, aislados del mundo. Hay ahora más que entonces, y nos enteramos por Internet, en la época en la que más se ha construido de la historia y que, paradójicamente, más despoblados ha producido.