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Martes, 4 de octubre de 2011

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LENGUA

Antofagasta

Por Pedro Álvarez de Miranda

La versión en línea de su diccionario principal que la Real Academia Española ofrece en su página web presenta, frente a la edición en papel vigente (2001), la ventaja de informar al usuario de las enmiendas y adiciones que, habiendo sido aprobadas por la Corporación con posterioridad a la aparición de aquella, constituyen un «avance» de la vigesimotercera edición. El hecho en sí no es nuevo, pues cuando no se disponía de esta herramienta la Academia tenía también un medio para comunicar sus más recientes decisiones: la inclusión de series de «enmiendas y adiciones» en el Boletín de la Corporación. Y la publicación de algunos de esos lotes, difundida por agencias de prensa, alcanzaba a veces cierto eco «mediático» (jocosidades o disentimientos incluidos), incluso en tiempos mucho menos mediáticos que el presente.

Pero solo recordamos un caso en que una noticia de ese tipo estuviera a punto de desencadenar un conflicto diplomático. En un periódico madrileño pudo leerse el 27 de febrero de 1998 que en la ciudad chilena de Antofagasta, y en todo el país, había un clamor de indignación contra la Academia por haber esta anunciado la aprobación del siguiente artículo con destino al diccionario usual: «antofagasta. (De Antofagasta, ciudad y provincia chilenas). m. Persona cuya presencia en una tertulia o café desentona o fastidia».

El alcalde de Antofagasta habló de «vejación» a todos los antofagastinos, anunció que presentaría una protesta ante el embajador de España y pidió amparo al Presidente de la República. El arzobispo de la ciudad y la Academia Chilena se sumaron a la protesta. El revuelo, en fin, fue mayúsculo.

¿Qué es lo que había ocurrido? Pues que la Academia se disponía a incorporar al diccionario común lo esencial de una información contenida en el exhaustivo Diccionario histórico de la lengua española que entonces se publicaba. En un fascículo de este aparecido en 1993 figuraba, en efecto, un artículo que rezaba así: «antofagasta. (Del n[ombre] de la ciudad y provincia chilenas de Antofagasta, elegido posiblemente solo por razones de eufonía). m. y f. Persona cuya presencia en una tertulia de café desentona o molesta». Tras de lo cual, como es normal en un diccionario de las características del DHLE, se aducía la documentación pertinente: cuatro textos en total, todos del siglo xx.

La lingüística moderna, tan severa y sesuda, apenas ha parado mientes (con honrosas excepciones: Werner Beinhauer o Emilio Náñez, entre nosotros) en el papel que desempeña en las lenguas el humor. Sin que sea fácil precisar cómo, parece que hacia los años veinte o treinta del siglo pasado se dio en llamar antofagasta, en las tertulias madrileñas, a lo que la lengua del coloquio llama hoy un plasta: al pelma que se entromete y fastidia; por si fuera poco (¡y es detalle del que los chilenos no llegaron a enterarse!), con frecuencia el antofagasta de café era además un gorrón, experto en no pagar sus consumiciones. No sabemos quién le puso tal nombre (no sabemos casi nunca quién ha puesto nombre a nada): hay quien afirma que pudo ser Lorca (sí hay testimonios de que al poeta le regocijaba el extraño topónimo), otro apunta a Ramón Gómez de la Serna… El texto más antiguo es de Emilio Carrere, de hacia 1920; el más moderno, de Alonso Zamora Vicente, de 1985 (pero con referencia a tiempos pasados). Un personaje de La colmena, de Cela, gorrón por más señas, se llama, y no por casualidad, Eloy Rubio Antofagasta. Más detalles sobre todo esto se encontrarán en el Diccionario histórico.

Tampoco sabemos, desde luego, por qué se adoptó para tal designación precisamente el nombre de la ciudad y provincia chilenas. Pero, en vez de romperse la cabeza, cabe suponer (y la información del paréntesis etimológico en el Diccionario histórico así lo insinúa) que se eligió arbitrariamente, tan solo por ser sonoro y sugestivamente exótico. Una pura broma, que tiene precedentes (como trapisonda o, acaso, astracán, en los que no podemos detenernos). Sin ánimo de ofender de nuevo a sus habitantes, cabe suponer que quienes eligieron la denominación tendrían dificultades para situar Antofagasta en un mapa. De la condición de sus moradores prácticamente nada sabrían, y ni por asomo habría pretensión de vejarlos.

La Academia dio marcha atrás y decidió no incluir el nuevo artículo en el diccionario común, cuya 22.ª edición (2001) en efecto no lo recoge. Es muy posible que el revuelo producido fuera determinante en la decisión, pero el caso es que, completamente al margen de él, había —y no sé si se consideraron— razones objetivas para tomarla (o, dicho de otro modo, para no haberse inclinado antes a la posible inclusión). Se trataba de un uso cronológicamente limitado a las décadas centrales del siglo xx y ya anticuado en el momento en que se proponía la adición; y, sobre todo, también geográficamente limitado: nunca se usó más que en España —lo que hubiera obligado a acompañarlo en el diccionario de la marca correspondiente— y hasta es probable que apenas llegara a rebasar el ámbito de las tertulias y círculos literarios de la capital, Madrid. Díaz Cañabate creía, incluso, que «el calificativo surgió y se empleó solamente en nuestra tertulia» (la célebre del Lyon d’Or), afirmaciones ambas, por lo demás, que no son exactas. En fin, como acertadamente escribió don Emilio Lorenzo en un artículo que por entonces dedicó al caso, «registrar y documentar todo no es misión del diccionario usual, sino del histórico».

También es conveniente que figure, como figura, en el impagable Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco, que en su primera edición —ya esperamos con ansia la segunda— ofrece una esmerada fotografía del español de España entre 1955 y 1993. Figura ahí con dos muy oportunas marcas, coloquial y raro, y un par de citas ilustran su empleo, una la ya aludida de Alonso Zamora Vicente y otra de Juan Benet, de su libro Otoño en Madrid hacia 1950; casualmente, se trata de un texto escrito asimismo, como el de Zamora, en 1985, pero que, también como aquel, hace referencia a un tiempo anterior: «La verdad es que era un antofagasta al que por una u otra razón siempre había que pagar el café y que jamás contó una anécdota con gracia o interés».

Hasta tal punto debe el Diccionario histórico «registrar y documentar todo» que no se le escaparon antofagastada y antofagastismo, definidas «dicho o hecho propio del antofagasta» y «condición de antofagasta», respectivamente, y acompañadas de sendas citas de Díaz Cañabate, único, al parecer, que, rizando el rizo y con evidente intención humorística, las emplea, en Historia de una tertulia.

En cuanto a los antofagastinos, en vez de enfadarse, bien podrían haberse regocijado con nosotros.

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