CULTURA Y TRADICIONES
Por Concepción Bados Ciria
En 1910 aparece la meticulosa biografía, escrita por Genaro García, Leona Vicario. La heroína insurgente, en la que la heroína es descrita mediante un imaginario femenino potenciado con los ideales de libertad e independencia.1 De esta biografía se desprende que Leona Vicario era hija de criollos acomodados que murieron siendo ella muy joven. Así, Leona quedó a cargo de su tío y tutor, un monárquico a quien desafió para entregar gran parte de su fortuna a la causa rebelde. Compró armas y también las pasó de contrabando, y envió información en clave a los insurgentes y soldados reclutados. Fue capturada y, durante su juicio, en 1813, admitió haber leído varios libros prohibidos por la Inquisición, como el discurso del benedictino español Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro. Pasó un tiempo en la cárcel y le fueron confiscadas sus propiedades, pero escapó y se unió al ejército del independentista Morelos en Oaxaca. Cabalgó con el ejército, ayudó a planear estrategias, administró las finanzas y cuidó a los heridos. Se casó con el libertador Andrés Quintana Roo, antiguo actuario judicial de su tío y vivió hasta el final de sus días enfrentándose a las críticas de los conservadores, que la desacreditaron continuamente, menospreciando su participación en la insurgencia. En este sentido, el historiador Lucas Alamán propagó en diversos medios de la época que Leona Vicario se había unido a la causa independentista exclusivamente por amor a su marido, Andrés Quintana Roo, más que por afinidad hacia los insurgentes, con lo que le usurpó cualquier papel en la independencia. Esta versión se repitió en las crónicas oficiales posteriores, hasta el punto de que en 1928 se publicó un libelo en el que se ponían en duda sus intereses revolucionarios. Leona Vicario respondió por escrito a estas difamaciones, defendiendo su libertad y, por ende, dando a conocer el valor y la osadía del resto de mujeres mexicanas que tomaron parte en las luchas de independencia.
Se le concedieron una hacienda y tres casas en la Ciudad de México para premiarla por su contribución y como compensación por sus pérdidas. En 1828, la ciudad de Saltillo fue temporalmente renombrada Leona Vicario, en reconocimiento a sus esfuerzos, y cuando murió, en 1842, el propio general Santa Anna encabezó la procesión funeraria. Leona Vicario es la única mujer cuyos restos descansan en el mausoleo de la Columna de la Independencia (fueron trasladados allí en 1925). Además, su nombre está inscrito con letras de oro en el Muro de Honor del Palacio Legislativo de San Lázaro, sede del Congreso de la Unión.
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