ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
Este retablo de san Cristóbal que conserva el Museo del Prado es una interesantísima obra anónima de la escuela española. Se fecha hacia el siglo xiv y su procedencia es desconocida, aunque se ha supuesto que podría haber sido realizado en algún monasterio riojano al incluir, entre todas sus escenas laterales, una relativa a la vida de san Millán. Está dividido en tres calles de las que la central, la más ancha, está dedicada al santo titular, es decir, san Cristóbal. En las dos calles laterales aparecen representados pasajes de las vidas de otros tres santos, separados por pequeñas molduras en las que aparecen los nombres de los protagonistas: san Pedro, san Millán y san Blas. Las dos escenas superiores de la calle derecha están dedicadas a san Blas y representan los dos episodios más conocidos de su vida: la curación de un niño y su propio martirio por decapitación.
La vida de san Blas aparece en la Leyenda Dorada de Santiago de la Voragine, libro hagiográfico que fue una de las obras más copiadas y leídas en Europa durante toda la Baja Edad Media. En él se narra cómo san Blas fue elegido obispo de Sebaste durante la época de persecución de Diocleciano. Uno de los principales milagros que aparecen relatados es la curación de un niño que iba a morir asfixiado a causa de una espina que se había quedado atravesada en su garganta. También se describe con todo lujo de detalles el proceso de su martirio, que finaliza con la decapitación del santo. Tanto el milagro de la curación como su muerte se relacionan con la zona del cuello y la garganta por lo que muy pronto fue invocado como patrón de esta parte del cuerpo. En la Leyenda Dorada esta asociación de su culto con la garganta aparece como un deseo explícito del santo: «Blas aprovechó los instantes que le quedaban de vida para orar y pedir a Dios que todos cuantos tuvieran cualquier mal de garganta, o padecieran alguna enfermedad obtuvieran su curación si se encomendaban a él y solicitaban su intercesión».
En el retablo aparece representado como un obispo, vestido con una túnica roja y tocado con la mitra. La primera escena se dedica al milagro de la curación y es en ella donde se pueden observar mayores variaciones respecto a la narración de Santiago de la Vorágine. En el relato hagiográfico el santo realizaba la curación a su paso por un poblado mientras era conducido, preso, ante el rey. En el retablo el santo no muestra signos de ir preso y no aparece una mujer con su hijo en brazos sino dos, de tal forma que la composición sea simétrica.
En la segunda escena se representa la muerte del santo. San Blas aparece arrodillado, en oración, tal y como aparece en la Leyenda Dorada, mientras es decapitado y la sangre mana de su garganta formando ondas rojas. Un ángel desciende desde la parte superior derecha para recoger el alma del mártir, en forma de niño desnudo.
Durante toda la Baja Edad Media se desarrolló el culto hacia los santos en el marco de una nueva devoción más humana y cercana a los fieles. Obras literarias como la Leyenda Dorada, y obras artísticas como este retablo dedicado a san Cristóbal, pero que incluye escenas de las vidas de otros santos, son buena muestra de estas nuevas corrientes espirituales.