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Viernes, 15 de octubre de 2010

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MÚSICA Y ESCENA

Eppur si muove (VIII). Tocar con los dados

Por Alba Bergua Muntoner

Hace varios meses tuve la ocasión de asistir a una conferencia en la Biblioteca Nacional madrileña en la que José Carlos Gosálvez e Isabel Lozano, con motivo del bicentenario de la muerte de Haydn, hablaron de una curiosa partitura atribuida al músico austríaco. Se trataba —se trata— del Juego filarmónico para componer minués por la suerte de los dados, fue escrito alrededor de 1790 y se conservaba —se conserva— en la sala Barbieri de la BNE, en un manuscrito que perteneció al conde de Santa Rosa, con otras piezas para estudiantes.

El juego funciona como una máquina de construir minués a partir de la combinación de diversos compases. El jugador lanza dos dados, anota la suma, consulta las tablas en las que cada número remite a un compás determinado, copia las notas correspondientes y, poco a poco, la composición va tomando forma. Hay material como para estar escuchando música durante siglos y siglos; y parece mentira, pero el artilugio se ha construido como un reloj, de tal modo que todas ellas se ajustan a los patrones de la armonía clásica.

Parece que no fue Haydn el primero ni el último en meterse en estos berenjenales aleatorios; por lo visto, obras muy similares se convirtieron en pasatiempo habitual de los salones de los siglos xviii y xix. Aquí y allá circulan las menciones a piezas atribuidas a Mozart o a Carl Philipp Emanuel Bach que siguen el mismo esquema; aparecen citadas en artículos y tesis, pero las informaciones suelen ser contradictorias. De hecho, como Gosálvez y Lozano apuntaron en su charla, el Juego filarmónico…, que apareció publicado en italiano a nombre de Haydn (Gioco filarmonico, o sia Maniera facile per comporre un infinito numero di Minuetti anche senza sapere il contrapunto… Napoli: Marescalchi, ca. 1790), es obra, según Günter Thomas, de Maximilian Stadler; y en cuanto a Mozart, los datos que he encontrado sobre su juego de dados para componer valses —dos dados, dos partes de ocho compases cada una, ciento setenta y seis compases ternarios repartidos en dos tablas a partir de los cuales se construye el juego— se parecen sospechosamente a los que anoté en aquella conferencia en la BNE.

Y sí, lo que sucede es lo de siempre: lo mismo que en una época sirve para dar gloria a un autor es, años después, motivo de vergüenza y oprobio. Si durante cierto momento era elegante decir que Mozart se había inventado un juego mágico —y se utilizaba el nombre del autor, claro, para atraer la atención del público—, tiempo después esos divertimentos eran ya bagatelas, cositas sin importancia, pecadillos que de ningún modo podían achacarse a un genio como el gran Wolfgang Amadeus; serían, pues, obra de algún oscuro epígono. Y es que, por encima del valor intrínseco de la obra (¿pero qué nos importa quién la compuso?), permanece el eterno juicio a priori: «Crear algo así es digno de un maestro: tiene que ser de Mozart» vs. «Perder el tiempo así es digno de un imbécil: no puede ser de Mozart». Donde el adverbio así no procede de un análisis detallado del objeto en cuestión, sino, a lo sumo, de un tosco vistazo a su estructura.

Pero no es necesario cambiar de época: hoy, en Internet, vuelan las cartas plagaditas de aforismos que se atribuyen indistintamente a Borges, a García Márquez y a los místicos sufíes; el apellido que a unos sirve como testimonio de autoridad («Esto lo escribió Borges; mira qué bueno: te lo reenvío») a otros les basta para considerar apócrifo el texto («Esto es cursi; no puede ser de Borges: a la papelera»).

Al final de la conferencia, Gosálvez y Lozano proyectaron un vídeo casero a los espectadores. Aparecían ellos dos, con otros dos músicos, en el salón de una casa, y tocaban un minué. Un minué muy breve de este Juego filarmónico que qué más da de quién sea. Tocaban con instrumentos antiguos. Con una partitura única creada para la ocasión e interpretada una sola vez. Escrita, modelada con los dados.

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