Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
Este es el título con el que Icíar Bollaín nos predispone sobre la esencia temática de su película, estrenada en 1995, en la que aborda fundamentalmente la cuestión de la soledad. Es cierto que el interés narrativo recae principalmente en los personajes de dos jóvenes mujeres que comparten una amistad inconmovible mientras realizan un viaje que las cambiará para siempre (y esos son, sin duda, los otros temas), sin embargo, no lo es menos que cada una de sus desventuras las llevará a ir introduciendo en su incierto mundo de tristezas y emociones compartidas un pequeño número de seres tan desangelados como ellas mismas, como si su propia soledad ejerciera un influjo inevitable sobre la de quienes las rodean, actuando como un vínculo invisible.
Soledad, amistad, viaje iniciático: no parecen temas que se presten fácilmente a la creación de una historia original, sobre todo si tenemos en cuenta la sencillez con la que esta se ha construido. Y, sin embargo, la directora logró en su día dirigir a este pequeño grupo de buenos actores españoles de modo que fueran capaces de llenar de sentido la relación entre Niña, impulsiva y rebelde, y Trini, milagrosamente inocente, pese a su desarraigada trayectoria. Ambas constituyen la esencia de un argumento que se aleja de lo convencional para mostrarnos a dos personas jóvenes que tratan de resolver sus conflictos, torpe pero esperanzadamente. Cada una suple a su modo la ausencia de una madre que ni siquiera se ha tomado la molestia de morirse, simplemente les han dejado muy claro que no desean el lastre que la maternidad les impone. De ahí el común sentimiento profundo de abandono. También de ahí la idealización a que es sometida Mariló y la oportunidad que le es concedida por su hija. Pero todo es en vano: ella no quiere ser la madre de nadie. Allá, en el sur, las cosas son iguales que antes. Es inútil esperar que las circunstancias mejoren, no hay ninguna razón para alentar esperanzas. El viaje de las dos amigas no va a modificar sustancialmente su existencia. Es sólo un entrenamiento para la vida, un proceso de maduración que las llevará finalmente a aceptar su destino, en el caso de Trini, a buscar el consuelo en otros puertos, en el de la Niña, tan inconformista ella. Pero, en cualquier caso, lo más interesante de esta película no está en la posible evolución de los personajes, ni siquiera en su modo de interactuar con un entorno que les ha sido hostil (a una más que a otra), sino en la relación que establecen entre ellas, en ese contraste entre la obstinación triste de una y la alegre aceptación de migajas de la otra; entre la actitud protectora de Trini y la un tanto caprichosa y egocéntrica de Niña y, sobre todo, en la autenticidad con que se nos muestra el cariño que sustenta su amistad.
De las reflexiones a las sonrisas y de estas a aquellas: un viaje al que nos invita una directora que consigue salir muy bien parada de una incursión tan difícil.