ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Desde 1844 puede contemplarse en la Plaza de Oriente de Madrid, frente a los balcones del Palacio Real, la estatua ecuestre de Felipe IV realizada en bronce por el italiano Pietro Tacca, en 1640, y destinada al denominado Jardín de la Reina del Buen Retiro.
Tacca, que trabajó a distancia desde su taller florentino, hubo de disponer de varios diseños con la efigie del soberano que le facilitasen su labor de reproducir los rasgos regios con la mayor fidelidad posible. Con este fin había sido llamado a la Corte, en 1635, Juan Martínez Montañés (1568-1649), el escultor más reputado de su tiempo. Entre junio de ese año y enero del siguiente, se encargó de modelar un busto en arcilla del rey para ser enviado a Florencia y que, aun antes del viaje, causó gran sensación entre la crítica. Buena prueba de ello es el soneto que le dedicó el poeta madrileño, discípulo de Góngora, Gabriel de Bocángel y Unzueta, en el que acuña el apelativo con el que, a partir de entonces, fue conocido el artista nacido en Alcalá la Real, el Lisipo andaluz:
Retrato de Su Majestad por Martínez Montañés, esculpido en barro
Ya el polvo no es rüina, sino aliento.
Ya lo inmortal de lo mortal se fía.
Aquí paró en acierto la porfía,
y esculpió sus ideas el intento.
Próvido elige el barro el instrumento,
buscando proporción a su osadía,
que, como a darle espíritu atendía,
atribuyó lo humano a su elemento.
Ya, pues, que le inspiró lo eterno al bulto,
donde vuelve a nacer el sol de Iberia,
le fía al barro el andaluz Lisipo.
Que el bronce y mármol presumieran culto
de los años por sólida materia,
y para eterno bástase Filipo.
En los escasos meses que Montañés permaneció en Madrid fue retratado por Velázquez (aunque no son pocos los autores que optan por identificarlo con Alonso Cano basándose en una supuesta indumentaria sacerdotal).
Prueba de la amistad entre ambos genios es el tono intimista del cuadro en el que un fondo oscuro, indefinido, obliga a centrar la atención en el personaje sin nada que lo perturbe. Este aparece representado en pie, de tres cuartos, vestido de negro riguroso salvo por la gola blanca al cuello según la moda de la época, y mirando directamente al espectador mientras que, con un palillo o espátula en la mano derecha, parece perfilar la cabeza inacabada del monarca. Mirada e instrumento de trabajo intensamente iluminados por un foco externo situado frente al lienzo, que canalizan el simbolismo intrínseco de la obra: una instantánea del ejercicio de su actividad profesional; en última instancia, la manifestación del orgullo que sentían, tanto el pintor como el retratado, por su condición de artistas.