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Viernes, 16 de octubre de 2009

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Cine y televisión

El sueño de Valentín

Por Llanos Navarro García

Valentín es un niño valiente que no tiene miedo de volar a la luna (la luna ha de ser un lugar fascinante). Acude a una escuela que parece un palacio y vive en una casa decrépita con una abuela gruñona que parece empeñada en despojarlo de sus sueños quiméricos. No ha cumplido diez años, pero ya es capaz de comprender que la suya no es una vida sencilla. Sin embargo, también sabe que cada uno construye un poquito su propio destino. Como es muy listo habla con franqueza y lógica aplastante de las grandes cuestiones. Agarra con fuerza los pequeños regalos de la fortuna y es capaz de conservarlos, porque aprecia con justicia el valor que poseen, tan obvio y, sin embargo, invisible para la mayoría. Él sabe sacarle partido a las cosas, no como esos chicos que sí tienen madre y apenas la usan o esos hombres que se la pasan en el bar, leyendo el periódico, hay que ver qué modo de desperdiciar la vida.

Valentín no es huérfano, pero sufre un abandono más cruel, sin duda, que el de la propia muerte, porque experimenta el desencanto de la esperanza constantemente renacida, reiteradamente frustrada. Es tanta su soledad que le ha hecho engrandecer sus sentidos, enseñándole a tener siempre libre un hueco para el calor de los demás, de modo que todos quepan en su espacio para las amistades (no es sensato excluir a quien sea que nos ofrezca un poquito de cobijo, tan solo porque no sea un niño). Su carácter, sacudido por las penas prematuras, lo hace extrañamente apto para las confesiones de los mayores, y es capaz de brindar consuelo a dolores desconocidos aún.

Valentín desea huir de su mundo y no encuentra impedimento digno de consideración importante. De hecho, su confianza inocente le ayudará a conseguirlo. Logrará transformar las circunstancias adversas volviéndolas, en cierto modo, favorables. Así, conseguirá mantener en su vida la influencia benéfica de la bella Leticia, la amistad improbable del músico Rufo, la presencia cada vez menos incierta de una madre que por fin confirma las esperanzas próximas a verse colmadas.

Es un modo interesante de escapar el que nos muestra Agresti a través de la mirada inocente y luchadora de este niño argentino, capaz de conmover todavía a un público seducido por la sencillez y frescura con la que se nos cuenta una historia con moraleja. Porque uno no puede marcharse a la luna, claro, por ingrata que sea su existencia; Valentín acabará comprendiéndolo. Pero aprenderá también, y eso es lo que posiblemente nos emociona, que nunca hay que descartar la posibilidad de conseguir traer a nuestro mundo una pizca de la magia que buscábamos en las estrellas.

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