Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
El cine, además de una industria, es una forma de expresión artística, como todo el mundo sabe, y, por lo tanto, como creación estética, responde a unos cánones compartidos tanto por sus autores como por los beneficiarios de la actividad cinematográfica. A su vez —puestos a recordar obviedades— el arte es una expresión del pensamiento humano (siempre lo ha sido, incluso cuando ha hecho lo imposible por liberarse de esta función) y, por lo tanto, refleja necesariamente la posición vital de la sociedad en la que nace.
El cine español posee una impronta que lo caracteriza, pese al hecho incontestable de que determinados directores la relativicen notablemente con su marcada personalidad. Son los mejores (siempre es así: el genio trasciende un poco su circunstancia). Sin embargo, junto a unas cuantas obras excepcionales, encontramos sin duda en las hemerotecas un número importante de títulos contemporáneos cuyos planteamientos se nos antojan, en cierto modo, semejantes. Tapas, de José Corbacho y Juan Cruz, es una de estas películas. Es una historia sin protagonista, una de esas narraciones corales en las que entre todos se construye un pequeño entramado de relaciones que conseguirá desde el principio interesar al espectador por la capacidad de mostrar desde ese planteamiento (es decir, permitiéndose tan sólo acercarse a los seres que la constituyen a través de rápidas pinceladas) una interesante superposición de intimidades en absoluto sesgadas. Sería un collage si no fuera por la necesidad que los dolores y las esperanzas de unos tienen respecto a las de los demás, por el modo en el que se nos desvela que cada situación evoluciona y se resuelve por el efecto de su contacto con la del otro. Los temas, los de siempre: el desamor, los efectos impredecibles de la soledad indeseada, el amor, el sexo, las drogas, otra vez el amor, y la muerte.
Una película intimista cuyo mayor logro, aparte de la interpretación impecable de actrices como María Galiana o Elvira Mínguez, consiste posiblemente en la autenticidad con que se nos desvelan los secretos que constituyen estas cinco historias entrelazadas, hechas a base de ternura y angustia, de intensidad y tedio, de cotidiana normalidad y actos inconfesables. La vida en este modesto barrio no variará lo más mínimo tras los sucesos a los que la cámara nos permite asistir. Normalidad, ese era el aspecto del barrio durante los primeros fotogramas y ese es su aspecto al final de la cinta. Nada se percibe en el tranquilo caminar de Conchi o en la animada charla de César y Opo que permita al ocupado transeúnte sospechar que hay un mundo soterrado entre esas calles, poblado de inquietantes desvelos y actos ocultos, cuya existencia se admite pero no se constata: la película indaga y desvela los resortes profundos que mueven la conducta de los seres que conviven en ellas, mostrándonos su lado más crudamente humano. Y esa es precisamente la característica más recurrente del cine español de los últimos tiempos: la tendencia a desvelar, en el sentido literal del término, las intimidades y profundas inquietudes de los individuos que pueblan anónimamente nuestros barrios.