ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
«Pronto nos hicieron saber que el mundo estaba escandalizado con nuestra audacia, nuestra barbarie», decía María Teresa León en su libro Memoria de la melancolía.
Se refería a la evacuación de los Tesoros Artísticos españoles y en concreto de la colección del Museo del Prado durante la Guerra Civil (1936-1939). No le faltaba razón al afirmar que «en aquellos tiempos de improvisación heroica no vino en nuestro socorro, ayudando a nuestra ignorancia, ningún técnico, ningún especialista, ningún director de ningún museo de Europa». En efecto, no fue hasta su salida de España en 1939, casi acabada la contienda, y ante la inminencia de la guerra contra Alemania, que se creó una comisión de ayuda para el salvamento del Tesoro Artístico español. La política de «no intervención» practicada por la Sociedad de Naciones y por la mayor parte de los Estados democráticos europeos había mantenido aislada a la República española. Pese a todo, y aunque hoy nos parezca un hecho insólito y temerario, el estremecedor traslado de los cuadros del Museo del Prado sirvió de ensayo a las evacuaciones que habrían de repetirse poco después, durante la Segunda Guerra Mundial. En los mismos años en que aquél se realizaba en España, el director de los Museos Nacionales de Francia, Jacques Jaujard, empezó a concebir el plan de protección de sus Tesoros Artísticos previendo la inevitable guerra contra Hitler.
El posterior saqueo de obras de arte en los países invadidos por los nazis dio la razón a quienes habían apoyado esas evacuaciones masivas. Las pinturas del Museo del Louvre corrieron la misma suerte que las del Prado: en agosto de 1939 iniciaron un peregrinaje por castillos y abadías de todo el territorio francés, unos refugios efímeros dado que el avance de los frentes y la insaciable codicia nazi obligaban a constantes y sigilosas mudanzas. Durante el tiempo que duró la ocupación, junto al Tesoro Nacional francés se protegieron algunas colecciones particulares afectadas por la «arianización» de los bienes judíos, pero no todas ellas pudieron escapar a las manos de Hermann Goering y Alfred Rosenberg, encargados de reunir los fondos para el futuro museo de Hitler en Linz (Austria). El Museo del Louvre se reabrió felizmente en 1946 con todas sus obras indemnes. Recientes y terribles sucesos han permitido valorar la idoneidad de acciones como éstas. El expolio y destrucción de los valiosísimos fondos del Museo de Bagdad a consecuencia de la invasión norteamericana de Iraq en 2003 o el incendio de la Biblioteca de Sarajevo en la guerra de Bosnia en 1992 son dos buenos ejemplos de la iniquidad de las guerras y de la exigencia de tomar medidas preventivas.
En el caso español, a los justificados temores del Gobierno republicano por la suerte de los fondos del Museo del Prado en una capital bombardeada y expuesta a los peligros del vacío de poder, se unió el deseo de que los tesoros nacionales estuvieran en todo momento junto a los representantes legítimos del Estado, pues sin duda éstos eran el mejor símbolo de la soberanía nacional. No es extraño que la población civil y los defensores de Madrid vieran reducidas sus esperanzas de libertad con cada cuadro que partía. (Las tres Gracias salieron de Madrid el 7 de abril de 1937 junto a Las hilanderas y Los borrachos de Velázquez).
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