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Viernes, 2 de octubre de 2009

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Cine y televisión

El bosque animado

Por Llanos Navarro García

La década de los ochenta asistió a la consagración definitiva del director y guionista albaceteño José Luis Cuerda. Pares y nones fue su primera cinta para la gran pantalla y, años después, vendrían El bosque animado y Amanece, que no es poco. Pero será la primera de estas dos la que obtenga un reconocimiento más unánime de la crítica y del público, si bien los numerosos premios recibidos por la película excluirán, curiosamente, la labor de dirección. Otros títulos después nos han recordado el talante entre tierno y cruel, frecuente en las obras de Cuerda, que caracteriza esta historia, inspirada en la magnífica novela de Fernández Flórez. Probablemente, el director manchego revalide otra vez su condición de excelente cineasta, en proyectos presentes y futuros, pero no será fácil —ojalá ocurra— que llegue a las pantallas de los cines a los que acudimos esperanzados una historia en la que ternura, risa, tragedia y magia se combinen de un modo tan talentoso.

Cuerda atribuye a Azcona gran parte de responsabilidad en el resultado último, dada la calidad incuestionable del guión que le proporcionó. También reconoce (todos lo hacemos) la altura interpretativa de actores como Alfredo Landa o Fernando Rey, entre muchos otros, los cuales aportan a los personajes una autenticidad que pone completamente a salvo de cualquier riesgo de inverosimilitud las anécdotas menos comunes. Y es cierto que los actores están bien elegidos: desde la meiga hasta la criada del cura, pasando por el pocero o el alma en pena…, todos constituyen un coro bien afinado en el que cada voz se nos antoja imprescindible. Todos comparten ese espacio boscoso del interior de Galicia en el que la miseria y el hambre de los años treinta en España causan estragos entre los menos favorecidos, o sea, la mayoría. Las tretas y mezquindades que han de cometer muchos de los personajes para sobrevivir se nos muestran con toda su crudeza, aliviada, eso sí, por cierto distanciamiento amable que nace de un lúcido manejo del humor. Es la sonrisa que produce la torpeza de Fendetesta, el terror de las señoritas madrileñas o las conversaciones imposibles del bandido con el alma en pena.

El sosiego satisfecho que se instala en el espectador tras la conclusión de la aventura del ladrón en casa del cura, o al comprobar que el enamorado personaje de Tito Valverde disfruta, al menos una vez, de su amada Melinda, por ejemplo, difuminan un tanto la crueldad de los hechos que se nos están contando, la terrible degradación a que son sometidos muchos de estos personajes entrañables, condenados al trabajo alienado, a la miseria y al hambre, a la prostitución, a la muerte o al desamor permanente.

Ni nos extraña lo sobrenatural ni nos angustian los hechos: se nos muestran, en cierto modo, como a través de la mirada de sus protagonistas, con esa aceptación un tanto inconsciente de quien actúa, de quien sufre y vive, y ha de cobijarse en la distancia de un estoicismo irrenunciable para sonreír un poco.

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