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Martes, 28 de octubre de 2008

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Arte / Claroscuro

Las estatuas de Velázquez (I):
una colección de antigüedades romanas

Por Susana Calvo Capilla

Gracias a los inventarios palatinos y a los documentos de archivo encontrados en Roma y Madrid se puede hoy reconstruir la historia de la extraordinaria colección de estatuas clásicas que decoraron los salones del Alcázar de Madrid reformados por Felipe IV en los años centrales del siglo xvii.

Ilustración. Copia anónima de un original conservado en Roma, Museos Capitolinos (s. XVII): «El Espinario» (detalle)

Copia anónima de un original conservado en Roma, Museos Capitolinos (s. xvii): El Espinario (detalle)
Bronce, 73 cm de altura Núm. de inventario: E-163

Se trataba de un conjunto de vaciados en yeso y en bronce de obras grecolatinas seleccionadas por Velázquez entre las mejores de las colecciones romanas de entonces. El pintor permaneció en Roma ocho meses, entre abril y noviembre de 1650, en calidad de experto y agente de Felipe IV, para realizar la selección y contratar a escultores encargados de los moldes. A su partida, dejó los contratos firmados y todas las instrucciones necesarias para el envío por barco a España de los vaciados, desmontados y embalados en cajones (cosa que sucedió en los dos años siguientes, entre 1652 y 1653). El delicado periplo de las esculturas comenzaba en la Aduana de Ripa en el Tíber; desde allí, en gabarras, eran llevadas a Fiumicino y el puerto de Civitavecchia, para después atravesar el Mediterráneo hasta el puerto de Alicante. El conjunto de estatuas era tan extraordinario (verdaderamente Velázquez no se había equivocado en la selección) que el rey quedó encantado «por parecerle imposible o al menos difícil tenerlas en mármol de semejante excelencia». Se instalaron en la Pieza Ochavada, en el Salón de los Espejos, ambos en la planta noble del ala de mediodía, en las Bóvedas de Tiziano, situadas en la planta baja de la misma ala, y en la Galería del Cierzo, orientada al norte; allí formaban pareja con algunas de las pinturas más valiosas de la colección real.

La última sala citada se concibió como una galería de antigüedades a la italiana, similar a las que vio Velázquez en los palacios Farnesio y Borghese de Roma. En ella se colocaron vaciados en yeso de Hércules, Baco, Flora, Ariadna, el Galo moribundo o la Venus Medici, entre otras, acompañadas por cuadros de tema mitológico como Los Borrachos de Velázquez, Venus, Cupido y Adonis de Carracci, o Hipómenes y Atalanta de Guido Reni. Muchas de esas estatuas sobrevivieron al incendio del edificio en 1734 y al paso del tiempo, aunque muy deterioradas las de yeso. Hoy forman parte de los fondos del Museo del Prado, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y del Palacio Real. Con motivo de una reciente exposición (en 2007-08) se han restaurado y se han reunido por primera vez desde la desaparición del Alcázar de los Austrias.

El Espinario o Joven de la espina, una copia del admirado mármol depositado en 1471 en el Museo Capitolino por orden papal, también se creía de esta procedencia desde que Palomino (m. 1726) lo incluyera entre las esculturas traídas por Velázquez. Sin embargo, hay elementos que hacen dudar de su afirmación: no sólo no aparece en la documentación conservada, sino que a diferencia de las demás copias del conjunto, ésta es exacta al original; además, existía ya una copia en Madrid (hoy en el Palacio de Aranjuez) de la que pudo vaciarse este bronce del Prado. No obstante, ocupaba el centro de la Pieza Ochavada, rodeado de los Siete Planetas de Jacques Jonghelinck y de tres reproducciones en bronce traídas de Roma: Discóbolo Vitelleschi, Sátiro en reposo (ambas en el Palacio Real) y Germánico.

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