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Jueves, 23 de octubre de 2008

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Literatura

Libros clave de la narrativa hondureña (I).
Blanca Olmedo

Por José Antonio Funes

Aunque ya desde finales del siglo xix Lucila Gamero de Medina (1873–1964) era conocida como cuentista en la revista El Pensamiento (1894-1896), en 1908 publica Blanca Olmedo, una novela que había finalizado en 1903. La autora debió de esperar para publicarla, debido quizá a su contenido ideológico, juzgado como peligroso en su tiempo. Blanca Olmedo, aunque es una obra romántica, y por lo tanto desfasada ya del contexto literario hispanoamericano, tiene un mérito que vale la pena destacar: haber sido la primera novela escrita por una mujer en Centroamérica. El género narrativo fue el instrumento de expresión de esta autora en un medio cultural en el que predominaba la poesía y donde los espacios estaban reservados a los hombres.

Blanca Olmedo, en sus cincuenta capítulos, recoge muchas de las fórmulas utilizadas por Jorge Isaacs en María (1867), como la de una joven «casta», idealizada, marcada por una enfermedad hereditaria, que sostiene con su hermano de crianza un romance signado por la fatalidad. Luego, el motivo del viaje del coprotagonista, y el doloroso encuentro con la novia ya muerta. El argumento de Blanca Olmedo es sencillo y nada original: Blanca, una joven de familia acomodada, ha perdido todos sus bienes debido a las acciones perversas de un abogado corrupto cuyo nombre denota su actitud moral (Elodio Verdolaga). Obligada por las circunstancias, encuentra trabajo como institutriz en casa de la familia Moreno, donde conocerá al amor de su vida: Gustavo Moreno. Tres personajes se opondrán al amor de Blanca y Gustavo, empleando para ello todo tipo de intrigas: doña Micaela, madre de Gustavo, el padre Sandino —consejero espiritual de la familia Moreno— y el abogado Elodio Verdolaga, que vuelve a aparecer en escena. El amor de la joven pareja resulta imposible, la fatalidad se impone empujada por los vientos de la incomprensión. Gustavo parte a la guerra, mientras Blanca, triste y solitaria, enferma y muere soñando el regreso de su amado. Cuando éste vuelve, no sólo descubre que su novia ha muerto, sino que desde el seno de su familia se ha tejido una conspiración en contra de su relación amorosa. Esto lo empuja al suicidio. Los remordimientos conducen a doña Micaela a fundar un asilo de huérfanos que lleva el nombre de Adela (prima de Gustavo y pupila de Blanca), víctima de una enfermedad incurable, conocida también como de tristeza.

A pesar de que en Blanca Olmedo Lucila Gamero pone en escena todos los recursos de la novela romántica-sentimental, la naturaleza no tiene mucha presencia, ni como escenario, ni como factor determinante del carácter de los personajes. Su acción no se desarrolla en una hacienda, sino en la urbe hondureña de finales de siglo, donde aún se imponían todo tipo de prejuicios. Por eso, esta novela, además de ser escrita por una mujer que domina muy bien las técnicas narrativas, adquiere singular importancia, porque en ella la escritora asume una posición crítica con respecto a los valores sociales y morales de la época y, sobre todo, contra la corrupción eclesiástica. Esto último no tiene precedentes en la intelectualidad hondureña, porque hasta entonces ninguna mujer había asumido tan abiertamente posiciones liberales. Incluso, la autora, en boca de sus personajes, se atrevió a cuestionar a las dos instituciones políticas que abanderaban las guerras civiles en ese tiempo, con palabras que aún siguen teniendo vigencia: «No te hagas ilusiones acerca del mejoramiento de estos microscópicos países, ya manden los de uno u otro partido. ¡Liberales, conservadores! No se diferencian más que en el nombre». Pese a las fórmulas románticas utilizadas por la autora, en un momento en que el Romanticismo estaba ya rebasado en Hispanoamérica, la novela está bien estructurada, limpia de digresiones y con el predominio de diálogos, aspecto éste en que reside el gran secreto de su éxito. Ésta es en definitiva la gran novela hondureña de principios del siglo xx.

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