Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Como si la máquina del tiempo se hubiera estropeado, asistimos a un fenómeno sorprendente: unas imágenes pintadas hace varios siglos son censuradas en pleno siglo xxi.

Pieter Coecke Van Aelst (ca.1502-1550): Tentaciones de San Antonio (detalle)
Tabla, 41 x 53 cm
Núm. de inventario: 3232
Sabíamos del puritanismo que llevó a la Iglesia posterior a la Contrarreforma (s. xvii) a poner aquí y allá hojas de parra y «paños de pureza» para cubrir el sexo de estatuas clásicas y de los personajes sagrados de las pinturas. Quizá el caso más conocido de los miles que están documentados sea la Capilla Sixtina del Vaticano decorada por Miguel Ángel (1508-1541). Hojas y paños conocieron entonces su momento de gloria. Tiziano, por ejemplo, avisado del puritanismo de la corte española, cubrió con ramas de higuera los cuerpos desnudos de Adán y Eva antes de enviar el cuadro a Felipe II en 1571. Creíamos que eran cosas del pasado, pero, ¡oh! sorpresa, esas olas de gazmoñería retornan de vez en cuando y últimamente a menudo. En 2001, John Ashcroft, Secretario de Justicia de EE.UU., consideró obscenos los pechos desnudos de la estatua femenina «Spirit of Justice», que preside la sala de conferencias de ese Departamento en Washington. Como le hacían sentirse incómodo, Ashcroft ordenó ocultarla tras una cortina azul que costó un buen puñado de dólares. Sin mucho rebuscar, encontramos otros titulares en la prensa: «Varsovia le tapa el pecho desnudo a la Sirena, el símbolo de la ciudad, para evitar asociaciones eróticas indeseadas» (las autoridades, en agosto de 2006); o bien «Tapan estatuas de desnudos en un parque público en Oslo» (unos desconocidos, en marzo del 2007). El caso más reciente se produjo en el Metro de Londres, en febrero de 2008, cuando se prohibió el cartel de una exposición dedicada a Lucas Cranach.
El cuadro escogido era una Venus desnuda pintada por el artista a principios del siglo xvi con la intención de mostrar lo que él entendía por belleza del cuerpo femenino. Bien es cierto que algunos de los desnudos más sensuales, tanto de Cranach como de Tiziano, Rafael o Velázquez, se colgaron en salas reservadas con acceso restringido a aquellas personas que se consideraban «capaces de comprenderlos»; pero eran otros tiempos. Parece grotesco el hecho de que nuestros complejos morales y nuestro concepto de obscenidad —en público— hayan retrocedido nada menos que cinco siglos, al tiempo que somos capaces de observar impasibles la violencia y el hambre a través de la televisión. Hoy, en la era de la globalización informativa, todo el mundo tiene acceso a todo, y ese parece ser el nuevo problema. Y para comprobarlo veamos un último ejemplo en Internet. Las ilustraciones de un manuscrito realizado en Irán en el siglo xvi —copia de una obra escrita por al-Bîrûnî hacia el año 1000—, hoy conservado en la Biblioteca Nacional de Francia, escandalizaron a los internautas musulmanes porque en ellas aparece la imagen de Mahoma. Los que han pedido su censura van a tener muy difícil erradicar todas las imágenes del Profeta que han ilustrado los manuscritos árabes, que sepamos, al menos desde el siglo xiii.