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Martes, 7 de octubre de 2008

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Arte / Claroscuro

La campana de Huesca

Por Marta Poza Yagüe

La escasa luz del mediodía que alumbraba aquella lóbrega mansión puso delante de los ojos del rey y del conde un siniestro espectáculo. Ambos, rey y conde, prorrumpieron en una exclamación terrible, no bien lo alcanzaron sus ojos. En derredor del garfio que colgaba del punto céntrico de la bóveda, mirábanse catorce cabezas recién cortadas imitando en su colocación la figura de la campana; en el interior de aquella extraña campana colgaba otra cabeza que hacía de badajo, la cual reconocieron los presentes por del arzobispo Pedro de Luesia… Debajo había una enorme piedra que debió de servir de tajo, y de pie, junto a ella, se miraban dos negros de feroz catadura con los alfanjes desnudos y goteando sangre: eran Yusuf y Assaleh, los esclavos del conde de Barcelona. Más lejos estaban los troncos descabezados, y llenos de heridas algunos… Don Ramiro y Don Berenguer retrocedieron involuntariamente; y no pudiendo sufrir por mucho tiempo la vista de aquel espectáculo, lleno el primero de horror y de miedo, con repugnante gesto el segundo, salieron de allí volviéndose al salón…

Así imaginó uno de los episodios más sangrientos de nuestra Edad Media un jovencísimo Cánovas del Castillo, en 1854, décadas antes de cobrar fama como político.

Ilustración. José Casado del Alisal (1832-1886): «La leyenda del Rey Monje» (detalle)

José Casado del Alisal (1832-1886): La leyenda del Rey Monje (detalle)
Lienzo, 356 x 474 cm
Núm. de inventario: 6751 (Depositado en el Ayuntamiento de Huesca)

Tan macabra historia, acontecida a mediados de la década de los 30 del siglo xii, hunde sus raíces en el conflicto sucesorio generado en el Reino de Aragón tras la muerte sin descendencia de Alfonso I el Batallador, en septiembre de 1134. Su testamento, que legaba todos los territorios de la corona a las órdenes militares del Temple, Santo Sepulcro y del Hospital, no satisfizo a nadie salvo a la Santa Sede. Para evitar que se hiciese efectiva, los aragoneses se apresuran a nombrar rey a Ramiro, hermano de Alfonso y prior del monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, mientras que la circunstancia es aprovechada por los navarros para desligarse de Aragón, a la que habían permanecido unida desde 1076, coronando su propio monarca en la persona de García Ramírez. A pesar de todo, la solución de entronizar a Ramiro II, un monje que en aquellos momentos tampoco podía garantizar un sucesor, no fue bien recibida por parte de la nobleza. Enterado el rey de la existencia de una conjura que perseguía su derrocamiento, actuó con extrema crueldad. Según narran las crónicas, ordenó decapitar a los cabecillas de la conspiración colocando sus cabezas, como si de una campana se tratase, en el sótano de su palacio oscense para que sirviese de escarmiento y advertencia ante futuros movimientos levantiscos.

La narración novelada de Cánovas del Castillo se ajusta con bastante precisión a la composición que, cerca de medio siglo más tarde, realizó en Roma el pintor Casado del Alisal.

Monumental en sus dimensiones, cobra protagonismo la arquitectura que preside la escena. Todo se ambienta en el interior de una estancia lóbrega, apenas iluminada, levantada con grandes sillares de material granítico que determinan el color grisáceo que domina el lienzo.

En el extremo izquierdo y recortado sobre el vacío de un vano oscurecido, el anciano rey, reteniendo a un negro mastín de fauces amenazadoras, se encuentra circundado por las cabezas sanguinolentas de los conjurados, cuyos cuerpos inertes se amontonan al fondo de la habitación. Con el gesto indicativo de su mano derecha y con la cabeza altiva, desafiante, recibe a los nobles aragoneses que, aterrorizados por la visión que se les ofrece, están descendiendo por la escalera ubicada en el lado derecho.

Este grupo es magistral en su factura por el realismo en la definición de sus rostros, muchos de ellos retratos tomados del natural, por el preciosismo en el trabajo de indumentarias y ornamentos, así como por la fidelidad en la transmisión de las calidades matéricas de los elementos: destellos metálicos en las cotas de malla y en las coronas y joyas de los nobles, brillos tornasolados en los paños de terciopelo, reflejos vidriosos en los ojos desorbitados por el pavor y dramatismo acentuado por la diversidad de ademanes atropellados y exagerados que realizan. Es también sobre ellos sobre los que el artista ha dirigido de un modo más directo la luz y ha suavizado la intensidad de su paleta eligiendo tonos más claros.

Enfrente, la penumbra que rodea al rey, junto con el morado de su túnica y el negro del pelaje del can, parecen oscurecer aún más los negruzcos charcos de sangre que comienza a coagularse y que mana de las cabezas. Valores pictóricos y juegos lumínicos  contrastados, sabiamente distribuidos para acentuar hasta el límite el dramatismo del momento.

Presentado a la Exposición Nacional de 1881, su calidad no fue valorada a causa de rencillas y envidias entre los miembros del tribunal, no mereciendo más que una mención honorífica. Casi como desagravio, fue adquirido por el Estado al año siguiente, pagándose por él al pintor la suma de 35 000 pesetas.

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