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Martes, 30 de octubre de 2007

Rinconete

Arte / Claroscuro

A la sombra de su hermano mayor

Por Marta Poza Yagüe

Para cualquiera que acuda a Toledo es visita obligada la iglesia de Santo Tomé. Allí se encuentra una de las obras más célebres del Greco, El entierro del Conde de Orgaz, personaje histórico cuyos restos reposan en el citado templo. Compuesto por el pintor cretense entre 1586 y 1588, relata las exequias milagrosas de don Gonzalo Ruiz, señor de la villa de Orgaz, cuyo cuerpo fue directamente depositado en el sepulcro por San Agustín y San Esteban en presencia de los miembros más destacados de la sociedad toledana de comienzos del siglo xiv.

Ilustración. Miguel Jacinto Meléndez (1679-ca. 1734): «El entierro del Señor de Orgaz» (detalle)

Miguel Jacinto Meléndez (1679-ca. 1734): El entierro del Señor de Orgaz (detalle)
Lienzo, 85 x 147 cm
Núm. de inventario: 959

A pesar de lo atractivo del tema, su carácter, tal vez excesivamente local, no atrajo demasiado la creatividad de los artistas. Por ello —y por su magisterio—, es el lienzo del pintor cretense el que siempre se recuerda. Sin embargo, el Museo del Prado es propietario de un boceto sobre el mismo asunto, bastante más desconocido, salido de los pinceles de Miguel Jacinto Meléndez. Salvo por el motivo principal, pocas son las analogías y muchas las diferencias entre ambos. En primer lugar, y atendiendo exclusivamente a cuestiones físicas, su formato. El cuadro toledano es monumental en sus dimensiones. De presentación vertical, alcanza una altura que supera con creces los cuatro metros, elección que habilitó al Greco para disponer una composición de claro desarrollo ascensional que será determinante a la hora de expresar la simbología del momento, en la que los motivos de la parte baja, el sepelio, tienen tanta importancia como los situados en la zona superior, la Gloria. Por el contrario, el pintor ovetense opta por un formato apaisado, cuya largura máxima no llega a alcanzar el metro y medio, y en el que un marcado punto focal, en el centro, concentra de modo casi único toda la carga narrativa del lienzo. Además, El Greco ha preferido la inmediatez, dando mayor importancia a las personas que al escenario. Sin que ello implique ausencia de profundidad espacial o de perspectiva, todos los protagonistas se sitúan en un plano próximo al espectador, materializados con el mismo detalle y precisión, siendo posible advertir en los rostros de los asistentes los retratos de no pocas personalidades de la sociedad toledana de fines del siglo xvi, incluidos el del propio artista y el de su hijo. Meléndez, por su parte, opta por una escenografía más teatral, propia del Barroco.

Aunque difuminada por el humo de los velones, aún es posible distinguir como marco la arquitectura del templo, sus ventanales, los haces de columnas y hasta un púlpito en el extremo derecho. Sobre este espacio se distribuyen los presentes, repartidos en dos grupos que convergen hacia el fondo, enmarcando el túmulo elevado en el que se va a proceder al entierro. Lejos de los retratos individualizados del lienzo del cretense, aquí están contemplados como multitud, como colectividad, pudiendo únicamente diferenciarlos por su indumentaria: los clérigos que iban a oficiar la ceremonia visten casullas y dalmáticas; los señores que acompañan los restos tienen corazas sobre el pecho y guanteletes en las manos; el resto, relegados a espacios marginales, deben de ser los curiosos del pueblo llano.

Este anonimato general realza el protagonismo de los tres personajes principales: el difunto, San Esteban tomándole por los pies y San Agustín sosteniendo su cabeza. Su presencia, suavemente iluminada por una tenue luz dorada que parece descender desde lo alto, junto con los grupos de ángeles que revolotean entre nubes, son el único indicio de que estamos ante un suceso milagroso. Este aspecto es, sin embargo, prioritario en el cuadro de Santo Tomé. Si lo plegásemos por su mitad horizontal, el mismo espacio concedido al episodio terrenal en el segmento inferior es el que se destina a la manifestación de la Gloria en el superior. Dos esquemas piramidales reflejados dominan en cada uno de estos núcleos: abajo, el conformado por los dos santos inclinados sobre el cuerpo del fallecido; arriba, rodeados por la Corte Celestial, San Juan y la Virgen intercediendo ante la Divinidad. El cretense ha puesto el énfasis en la santidad del finado: no se queda únicamente en su entierro milagroso, sino que avanza en lo que se refiere al destino último de su alma. Así, marcando una perfecta vertical, sobre el difunto un ángel eleva con sus manos un cuerpecillo infantil, símbolo del alma, que, a modo de cuña, ha penetrado ya en el ámbito de lo celeste.

Ni es nuestra intención, ni es tampoco este el lugar para entrar en otro tipo de diferencias técnicas como la brillantez cromática y lumínica del lienzo del Greco, materializada con una pincelada minuciosa, frente al aspecto abocetado y claroscurista del de Meléndez, porque en este punto influyen otros aspectos que tienen más que ver con la formación de cada uno de los artistas, con su estilo y con las características propias de sus respectivas épocas, que con la plasmación plástica de un asunto que, en este caso, sí es el mismo.

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