Literatura
Por M. Ángeles Vázquez
Junto a Antonio Gálvez Ronceros, Gregorio Martínez Navarro (Nazca, Perú, 1942) —que se da a conocer sus primeros cuentos en la revista Fabla— es uno de los máximos representantes de la literatura negra en Perú y un narrador fundamental para comprender la generación de los años setenta. Sus obras bosquejan el campo costeño y sus personajes casi siempre son campesinos de la etnia negra. Reivindica su procedencia popular y avala a través de su literatura la trascendencia de una identidad afroperuana en el ámbito cultural de su país. Aparece en el panorama literario con Tierra de caléndula (1977) —con una brillante introducción del narrador peruano Miguel Gutiérrez—, obra que aglutina un universo narrativo con personajes vinculados a su personal referente geográfico.
La melancolía, la escrupulosidad con que describe los estados espirituales del ser humano, recrea con escuetos diálogos —que a veces no permiten participar de la historia contada— una despiadada realidad en la que incorpora elementos maravillosos como producto de los comportamientos esenciales de sus personajes, así la lógica de la naturaleza más atroz se eleva frente a lo aparentemente inconcebible. En Canto de sirena (1985), una peculiar obra narrativa, a medio camino entre el testimonio y la novela, hasta cierto punto inimitable, trata de las reflexiones que sobre la vida hace un anciano negro, Candelario Navarro, caracterizado por un humor punzante que muestra la sabiduría popular en distintos terrenos: la cocina, la flora y fauna de Nazca, y la conducta de hombres y mujeres.
Crónica de músicos y diablos (1991) es un relato donde la historia se mezcla con la literatura y narra las vivencias de los negros cimarrones de Huachipa. No posee afán naturalista al describir pedazos de tierra con su geografía, sus mitos, sus creencias o sus códigos morales. La estructura de sus cuentos juega con la arquitectura misma del texto y con la experimentación del habla popular. En esta intencionada articulación, la anécdota central ocupa un lugar secundario.
Gregorio Martínez, riguroso analista de la lengua, es en cierta manera, un continuador del regionalismo de Enrique López Albújar, pieza clave del tránsito del Modernismo al Indigenismo. El léxico que utiliza es a menudo arcaizante, plagado de neologismos y toponimias. Martínez desafía el discurso oral de las capas populares, donde incluso quiebra la sintaxis convencional y deforma fonéticamente las palabras, de tal manera que tiende a distinguir a los personajes por la lengua usada, que con preocupación estética metafísica se aproxima a cierta magia y misterio «neoindigenista». Lejos de visiones macrosociales, visibiliza a los sectores marginales, minorías cuya poética trata de representar en espacios conflictivos con dimensiones que se limitan a reivindicar la imagen del mundo de la comunidad negra.
Su Libro de los espejos. 7 ensayos a filo de catre (2004), libro sorprendente y trasgresor, es una colección de crónicas ensayísticas y otros textos de diferentes clasificaciones, en los que se fusionan ideas, pequeñas historias, reflexiones y anécdotas. Diserta y analiza a los escritores, burdeles, hoteles, sobre Nostradamus y apocalípticamente, sobre el fin del mundo. A éste se suman otros títulos: La gloría del piturrín y otros embrujos del amor (1985), Biblia de guarango (2001) y Cuatro cuentos eróticos de Acarí (2004).