Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Las pinturas de desnudos que los Austrias tanto apreciaban se convirtieron en un problema para Carlos III, que no sabía dónde meter tanto cuadro «impúdico» y «pecaminoso».

Luca Cambiaso (1527-1585): Suicidio de Lucrecia (detalle)
Lienzo, 123 x 120 cm
Núm. de inventario: 62
Su peculiar moralidad y su religiosidad escrupulosa le llevaron en 1762 a tomar una decisión que, de no mediar la inteligencia de su pintor Antonio Rafael Mengs, le hubieran convertido en aquel que condenó a la hoguera a las más bellas Venus, Dánaes, Ledas o Lucrecias de la historia de la pintura. Carlos III, el llamado «rey ilustrado», hubiera sido equiparado en intransigencia al mismísimo cardenal Cisneros, que quemó públicamente la biblioteca del palacio de La Alhambra. Cierto que la historia le recuerda como un monarca que impulsó las ciencias e incluso las artes, pero su propósito al hacerlo parece que era sobre todo propagandístico, para exaltar el prestigio de la monarquía. El Arte era para Carlos III un «asunto de Estado», válido solo si tenía una utilidad. Casi nada se sabe de sus gustos estéticos, salvo que abominaba de los desnudos y que, como dice con ironía Javier Portús, quizá se hallaba más a gusto entre sus relojes que entre sus pinturas de Tiziano, Rubens o Velázquez. Precisamente, fue ese criterio de «utilidad» el esgrimido por Antonio Rafael Mengs para convencerle de salvar de la quema a los desnudos: los cuadros tenían gran utilidad pedagógica, nada mejor que aquellos Tizianos y Rubens para enseñar a los alumnos el uso del color y del diseño.
La maniobra de su pintor de cámara fue la de llevarse los cuadros más impúdicos primero a su casa (se quedó para disfrute personal una Venus de Tiziano) y después al estudio de los pintores de la Corte, la llamada Casa del Rebeque, junto al Alcázar Nuevo. Allí estuvieron los Venus y Adonis de Tiziano, Carracci y Veronés, Las tres Gracias de Rubens o Hipómenes y Atalanta de Guido Reni. Otro buen número de desnudos se quedó en el palacio del Buen Retiro, que en la época ya no servía de residencia real. Allí se colgó ésta Lucrecia de Luca Cambiaso, junto a Lot y sus hijas de Furini o los espléndidos Adán y Eva de Durero.
Lucrecia fue quizá una de las más famosas víctimas de la violencia sexual en la Antigüedad. Se trata de un personaje entre histórico y legendario. El historiador Tito Livio, al relatar la fundación de Roma, cuenta la violación de Lucrecia por el hijo del rey, Sexto Tarquinio, y su suicidio para salvar su honra y el honor de su linaje. Luca Cambiaso presenta a la heroína en ese momento dramático, clavándose el puñal y casi desvanecida. El mórbido cuerpo desnudo se ofrece al espectador sin recato sobre un fondo de color rojo sangre. A pesar de su estilo blando, insufló al rostro de Lucrecia una expresión de sufrimiento y vergüenza. Luca Cambiaso, nacido en Génova en 1527, aúna de forma muy personal la rotundidad de las figuras de Miguel Ángel, el esfumato del Corregio y el color veneciano. En 1583 llegó a España, llamado por Felipe II para pintar en El Escorial, lugar donde murió sólo dos años después. El cuadro estuvo oculto en salas reservadas durante tres siglos.