ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Esta tabla con la imagen de Santa Catalina y su pareja, Santa Bárbara, constituían las puertas de un tríptico cuya tabla central, dedicada a la Virgen con el Niño y San José, se halla en una colección particular de Estados Unidos. La obra perteneció al convento dominico de Santa Cruz la Real de Segovia y, tras la desamortización de Mendizábal, como muchas otras, entró en el Museo de la Trinidad, creado a tal efecto. En 1872 los fondos de éste se integraron en el Museo del Prado. El convento segoviano conoció su máximo esplendor a finales del siglo xv, gracias al patrocinio de los Reyes Católicos y la protección de su prior, fray Tomás de Torquemada. El Maestro de Fráncfort dota a la Santa de Alejandría de una elegancia y una delicadeza exquisitas, expresión de sus alabadas virtudes: sabiduría, elocuencia y fortaleza. Porta en sus manos los símbolos del martirio, la rueda y la espada. Un magnífico paisaje le sirve de fondo.
Este pintor anónimo debe su nombre a dos trípticos que realizó entre los años 1504 y 1505 para dos clientes de Fráncfort, un comerciante y la iglesia de los Dominicos. Apenas se sabe de él que trabajó entre 1490 y 1520 en Amberes, donde abrió un taller que recibía numerosos encargos de todas partes de Europa. En España, además de la obra que hoy nos ocupa, se le atribuyen otros dos trípticos, el de la «Pasión», de la Catedral de la Seo en Zaragoza, y el dedicado a la Virgen de la iglesia de Santa María la Antigua en Orduña (Vizcaya), en cuyas puertas se hallan asimismo Santa Bárbara y Santa Catalina. Casi con toda certeza las tres obras llegaron a nuestro país desde Amberes en las dos primeras décadas del siglo xvi. El tríptico de la Seo zaragozana fue seguramente adquirido por el poderoso hijo de Fernando el Católico, don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza y virrey de la Corona de Aragón, quien a su muerte en 1520 debió de donarlo a la sede arzobispal. En cuanto al conservado en Orduña, a buen seguro entró por el puerto de Bilbao, el más importante del litoral norte. Éste, junto con San Sebastián, Guetaria, Bermeo y los puertos cántabros, constituía la vía de salida hacia Flandes de la lana castellana, un comercio en manos de los mercaderes burgaleses. También se transportaba el hierro vasco y, en menor medida, cueros, pescado, vino, aceite o colorantes. La importancia de las exportaciones de lana queda reflejada en el hecho de que los Reyes Católicos crearon en 1492 en Brujas el Consulado del Mar, sede del monopolio lanero, que se sumaba al ya existente Consulado de Vizcaya. Cuando hacia 1500 Brujas entró en crisis, el puerto de Amberes tomó el relevo. En cuanto a los fletes de retorno, éstos iban cargados de manufacturas flamencas, paños y tapices sobre todo, además de objetos de lujo como pinturas. Los agentes enviaban las tablas encargadas por los nobles o ricos mercaderes españoles, a menudo retratados en ellas, que primero adornaban las capillas privadas y luego eran donadas a las iglesias. Otras pinturas flamencas se vendían en las famosas ferias castellanas.