ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Extremeña dura, mayestática, turbadora de pueblos, señora rígida en la familia, mujer para un retrato al óleo, buena planta para vivir entre helados y otros rigores, abnegada y superviviente en medio de las calamidades, mujer de retirarse tarde al sepulcro, dama afligida y fuerte capaz de cerrar muchos ojos con sus manos bellas pero valientes.
Con estas palabras describe desde Buenos Aires el escritor Ramón Gómez de la Serna a la que fue su tía abuela, la poetisa Carolina Coronado, en una biografía publicada en 1942. No cabe duda de que al escribirlas, al pronunciar que es «mujer para un retrato al óleo», estaba pensando en el magnífico lienzo del que es protagonista y que constituye uno de los mejores ejemplares de toda la producción retratística del gran maestro decimonónico del género, Federico de Madrazo.
Hijo, hermano y padre de pintores, Federico, pintor de Cámara de la reina Isabel II, será el artista preferido de la nobleza y burguesía españolas de los años centrales del siglo xix, para quienes realizará cerca de 650 retratos entre obras al óleo, dibujos y litografías; encargos que, al margen de lo artístico, le permitieron a él y a su familia llevar una vida sumamente desahogada. En ellos, los ecos del retrato romántico francés, preciosista y refinado, aprendidos durante una estancia en París a finales de la década de los 30, se combinarán con una referencia cada vez más profunda hacia el naturalismo de los grandes pintores hispanos como Velázquez o Goya, cuya producción conocía de primera mano gracias a la posición de privilegio que le proporcionaba el haber sido hijo de uno de los primeros directores del Museo del Prado; cargo que él mismo ostentará en dos ocasiones hacia el final de su vida (entre 1860 y 1868 y entre 1881 y 1894). Este estrecho vínculo entre artista, museo y obra expuesta que se conjuga en la personalidad de Federico de Madrazo se llevará hasta sus últimas consecuencias cuando, a su muerte el 10 de junio de 1894, el lugar elegido para disponer su capilla ardiente será la propia rotonda alta del Museo, presidiendo el catafalco el gran Cristo Crucificado de Velázquez tan admirado por el pintor.
El retrato de Carolina Coronado,fechado hacia 1855 cuando la escritora contaba treinta y dos años de edad, es claro ejemplo del período de madurez en su obra. De perfil, con la cabeza girada hacia el espectador, la poetisa se sitúa ante un fondo indefinido en tonos ocres que contribuyen a dotar al lienzo de un tono intencionadamente melancólico, ya que es éste el sentimiento que domina toda la producción literaria de la protagonista y es también el mismo que se acentúa en la mirada nostálgica de la retratada donde el pintor ha concentrado toda la profundidad psicológica del cuadro.
Representada de busto corto, tiene la tez clara, los ojos castaños, la nariz recta y los labios cerrados sin apenas esbozo de sonrisa (una sonrisa enigmática que le harán parecerse a la Gioconda en la evocación de su sobrino Gómez de la Serna), dando como resultado un rostro de belleza equilibrada, serena, algo idealizada si se tienen en cuenta algunas fotografías que se conservan de la poetisa y que la presentan como una mujer de rasgos algo más severos. Enmarca la cara un cabello oscuro y ondulado, adornado con trenza postiza según moda de la época, que oculta las orejas y apenas deja ver los pendientes dorados. Sobre él, cubriendo completamente la cabeza y cayendo sobre los hombros, lleva una mantilla de blonda negra a juego con el color del vestido. En la mano vista, cruzada sobre el pecho, sostiene un abanico cerrado.
El preciosismo en la definición de los elementos fisonómicos de la escritora, recuerdo aún de los retratos de Ingres, contrasta claramente con la factura mucho más suelta y desdibujada de fondo y mantilla donde, tanto el dominio de los negros como el magistral juego de brillos y transparencias del material, son opciones de clara raigambre velazqueña. Junto a ello, no falta tampoco otra de las características fundamentales de los retratos de Madrazo de esta etapa: la huida de los contornos nítidamente perfilados. Al contrario, suavemente difuminados, otorgan a sus retratados cierto aspecto etéreo.
El lienzo no da la impresión de ser un encargo sino una obra de carácter íntimo como parecen atestiguarlo tanto el hecho de que el pintor lo conservase junto a sí hasta su muerte, como el detalle de que nunca fuese firmado ni fechado por su autor (algo extremadamente extraño en él). De recordar su paternidad se hizo cargo su hijo, el también pintor Raimundo de Madrazo, al adjuntar la inscripción que hoy ostenta en el ángulo inferior derecho: «Pintado por mi padre. / R. Madrazo».