ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Antonio Puga, nacido en Orense en 1602, comenzó su carrera de pintor en Madrid como discípulo de Eugenio Cajés. En 1635, fue su ayudante en la ejecución de dos cuadros de batallas para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, una de las grandes empresas artísticas de Felipe IV. Después se especializó en retratos, fruteros, paisajes y escenas populares, géneros en los que, sin duda, era muy estimado como lo demuestra el comentario elogioso que hizo de sus obras, en 1641, el embajador del duque de Módena. También pintaba fondos arquitectónicos para autores como Juan de la Corte. Sus pinturas, sin embargo, son mal conocidas razón por la cual se le han atribuido obras de género de otros autores. Según Ceán Bermúdez, que conoció una serie de cuadros de temas «domésticos y triviales» con su firma, tenía un estilo naturalista muy cercano al de Velázquez en su etapa sevillana y al de Murillo, el máximo representante de esta pintura naturalista centrada en protagonistas sacados de la calle. Se sabe, igualmente, que Puga era un hombre de cierta cultura, a juzgar por el contenido de su biblioteca, donde figuraban obras de filosofía, poesía y teología, así como de pintura, arquitectura y perspectiva. Tenía, además, estampas y pinturas de sus compañeros de generación o anteriores.
Esta obra de Puga muestra a una anciana sentada, de semblante triste y severo, en una humilde y sencilla habitación, con muros pardos y suelo de madera. En el primer plano hay una cesta de mimbre y, junto a la mujer, una silla de madera. En el muro del fondo se aprecian una ventana cerrada flanqueada por una especie de alforja y por una lámina con la imagen de un santo. A la derecha, sobre un mueble apenas visible, dormita un gato. La anciana está pensativa, con las manos cruzadas resignadamente sobre el regazo, sobre un amplio delantal blanco. Puga presenta en esta escena una pobreza pulcra y ordenada, una vejez digna y paciente.
Curiosamente, esta mujer, tratada con simplicidad tan admirable, hace pensar en el volumen masivo y geométrico de algunas figuras del Picasso cubista, quien, por otra parte, en su etapa juvenil de estudios académicos, también se ejercitó en el realismo con temas populares; un ejemplo de ello es el lienzo titulado Ciencia y Caridad (Museo Picasso de Barcelona), de 1897, con el que obtuvo una mención honorífica en la Exposición de Bellas Artes de Madrid. Por alguna razón, el rostro anguloso de esta anciana nos recuerda el de Gertrude Stein en el retrato que Picasso le hizo en 1906 (Metropolitan Museum of Art de Nueva York); incluso su postura y su atuendo la evocan. Y sin embargo, el rostro de Gertrude es, en realidad, una máscara; Picasso lo pintó sin tener a la modelo delante, concluyendo así un retrato que había abandonado meses antes, después de ochenta sesiones y de haberle borrado la cabeza. Fue el primer paso hacia el cubismo del pintor malagueño.