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La mirada y la seducción
en el cine español de los cuarenta


Miércoles, 11 de octubre de 2006


Por Carolina Franquiz

La mirada es el espejo del alma y también de lo que quiere el cuerpo. En el cine es básica y desde sus inicios, cuando no existía la palabra, se manejaba como el principal elemento de comunicación. Los directores en el cine español de los cuarenta supieron encuadrar los ojos para expresar a través de ellos lo que no se podía mostrar de otra forma. También, la primera conexión hacia la seducción, en estas películas, se da a través de la mirada. Tras varios titubeos, rechazos y aproximaciones, sólo confirmamos que hay mutua atracción cuando los personajes se miran directamente a los ojos.

La mirada más obvia, casi exclusivamente reservada a los hombres, es la que se hace de arriba hacia abajo y viceversa, con la que se parece querer desnudar a la otra persona, pero si va acompañada de la acción de beber refuerza aun más el deseo. Cuando a un hombre le gusta una mujer, si esta se aleja del lugar la sigue con la mirada y por la expresión de su rostro o por mirarla de arriba a abajo sabemos que no sólo admira la espalda de la chica, sino su trasero; esta idea toma fuerza cuando el director hace un primer plano de los ojos del hombre.

Ellos no contienen esta mirada escrutadora, ni estando al lado de sus esposas o novias. Este tipo de mirada también le está permitida a la mujer vampiresa, que por supuesto también mira directamente a los ojos del hombre. En las secuencias de bares, o ventas andaluzas, las cantantes también tienen libertad de mirada, así como las chicas que pululan por entre las mesas. Todas miran a los hombres de arriba a abajo, sin ningún pudor, mientras acarician sus rostros como sopesando la mercancía o el futuro cliente.

La mirada directa entre una pareja que se seduce casi siempre va acompañada de la acción de beber. El encuadre se cierra en la pareja y cuando ellos abandonan las copas, lo hacen, sin variar la mirada, para luego volver a degustar la bebida como si estuvieran saboreando los labios intocados.

Cuando ella y él están en pleno proceso de seducción, hablan con los rostros muy cercanos. El deseo del beso, que no se verá en pantalla, se describe con un recorrido alternativo de la mirada, de los ojos del otro a sus labios, pasando de unos a otros de forma pausada y muy sugerente. En Mariquilla Terremoto (1939) la mirada de la protagonista nos cuenta cómo va cayendo en la trampa del hombre. A medida que él la induce a beber, la mirada de Mariquilla se hace más chispeante, acompañada de una sonrisa. Los primeros planos de sus ojos realzan este proceso, así como los de él, que reflejan una mirada libidinosa porque sabe que el éxito está cerca. Mientras ella más bebe, se atreve a mirarle a él directamente a los ojos.

La mirada también puede desmentir lo que los personajes dicen verbalmente, y así ocurre en una escena en La torre de los siete jorobados (1944) en la que una pareja mayor comenta que con los años y la experiencia se acaba por perder el gusto hacia el físico; sin embargo cuando el atractivo protagonista entra en escena, la mujer clava en él su mirada.

Cuando a un hombre le atrae una mujer abre mucho los ojos, y con esta acción nos queda claro quién es la elegida. Pero también puede ser más romántica la mirada, como cuando se habla del objeto de deseo, sin la presencia del mismo, entonces es una mirada perdida o hacia el cielo que se apoya en la imaginación. Esta forma de mirada suele ser más frecuente en las mujeres.

Los personajes también son conscientes de la mirada en tanto que arma de seducción y delación, como sucede en Mariona Rebull (1947), cuando el marido observa cómo su mujer mira al amante y viceversa, pero, sobre todo, el nerviosismo que acompaña a esta mirada. En la secuencia, y sin verbalizarse el hecho, sólo con el juego de miradas se nos muestra con claridad que el protagonista ha descubierto que su mujer le es infiel con ese hombre.

 


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