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Miércoles, 11 de octubre de 2006

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Lengua / Etimologías

Solfear las notas… y las ancas

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Se puede entender solfear como el arte de cantar la solfa, las notas musicales, dándoles su verdadero valor y sonido. Su acción es el solfeo, denominación hoy en cierto desuso dada la preferencia por la que ha venido a sustituirla como disciplina en los programas de estudio: lenguaje musical.

El origen es muy simple: una palabra compuesta metonímicamente a partir de las notas sol y fa (sol y mi en alemán: solmisieren). El Diccionario de Autoridades de 1739 da, para solfa, una preciosa definición, en un brillante ejercicio de prosodia: «Arte que enseña a reducir a conforme unidad, o consonancia, las voces entre sí diversas», añadiendo, para quien no quisiera hacer un comentario de texto de la definición si pretendía entenderla: «es lo mismo que música». Así, desde luego, está más claro. Hubiera sido ocioso acudir a las Etimologías isidorianas para averiguar algo sobre esta palabra, ya que en la magna recopilación de saberes se reconoce que soni pereunt quia scribi non possun, es decir, «los sonidos desaparecen porque no se pueden escribir». Esta frase, que a alguno le puede sonar críptica, en más sencilla de entender de lo que parece: aunque se cantaba y existían grafías presolfeísticas, como lo atestiguan los millones de neumas contenidos en los cantorales de la liturgia visigótico-mozárabe, todavía no se había inventado la notación musical.

Pero la solfa se ha mostrado una palabra con bastantes posibilidades expresivas. El tratadista político murciano del siglo xvii Diego Saavedra Fajardo (1584-1648) se inventó una greguería, siglos antes que las acuñara Ramón Gómez de la Serna: «La mano del príncipe lleva la solfa a la música del gobierno», explayándose en la metáfora de arcaicos tintes organicistas, «y si no señalare a compás el tiempo, causará disonancias en los demás, porque todos remedan su movimiento». En realidad, una variante más de la armonía macro y microcósmica que inundaba el mundo, y de la que la música fue siempre buena metáfora.

Por otro lado, solfear también se utilizó como eufemismo. En el Ysopete, la versión fabulística en romance del siglo xv, a uno «le habían solfeado el trasero»; y tres siglos después, continuaba diciéndose por zurrar, o tundir a alguien a golpes, y «díxose por la semejanza al movimiento continuo, que tiene el brazo del que solfea en la música», según la misma edición del Diccionario ya citada, incluyendo unos versos chuscos de un tal M. León a modo de cita de autoridad: «Pues los dos, sin perder punto, / hechos maestros de escuela, / me solfearon las ancas / con un tono de correa.».

Precedentes, en fin, del mismo campo metafórico-semántico de «cantar las cuarenta». Menos lírico que la música de las esferas, menos ideológico que las acciones de gobierno, pero seguramente más efectivo. Menos mal que «quien canta, sus males espanta». Quédenos, al menos, este consuelo.

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