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Martes, 18 de octubre de 2005

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ARTE / Claroscuro

La colección de Marius de Zayas (III)

Por Susana Calvo Capilla

La colección de Marius de Zayas (II)

Descubrí la pieza que hoy tratamos en el fondo de un estrecho pasillo del Museo del Prado, en un lugar donde apenas unos pocos visitantes se percataban de su presencia. Pese a ello, la blancura y transparencia del mármol así como su peregrina efigie entre tanto cuadro español llamaban la atención. ¿Qué hace aquí un caballo fugado de la cuadriga del frontón de un templo griego? No cabe duda de su origen, rezuma belleza helénica, tiene la elegancia del arcaísmo ateniense y la severa labra de los primeros escultores griegos.

En la península Ibérica, extremo de la Koiné, la escultura griega es una rara avis. A diferencia de lo ocurrido con la cerámica de figuras rojas y negras, apenas llegaron estatuas en su día, cuando Grecia desbordaba su cultura por todo el Mediterráneo. El Museo del Prado posee, no obstante, una importante colección de copias romanas de las estatuas y retratos helenos más famosos. La mayoría formó parte de las colecciones reales españolas. El origen de estas copias (realizadas en los talleres neoáticos) está en la afición de los patricios romanos por incorporar estatuas griegas a sus colecciones privadas, aunque éstas no fueran originales.

Esta cabeza de caballo, junto con otras seis interesantes esculturas ya citadas en esta sección, fue donada en 1944 al Museo por el artista mexicano Marius de Zayas (1880–1961). Por sus características formales, especialistas como Antonio García y Bellido o Stephan F. Schröder (autor del último catálogo de escultura clásica del Museo del Prado), consideran este caballo de época tardo-arcaica, de hacia 520 ó 510
a. C.

Se parece mucho a unos caballos votivos encontrados en la Acrópolis de Atenas (ofrecidos a Atenea, la diosa protectora de la ciudad) y a otros ejemplares de las Islas de Paros y Tasos. A diferencia de éstos, el madrileño no fue una escultura exenta. Mientras que de perfil parece un caballo macizo y de robusto cuello, de frente es extremadamente delgado, lo que hace sospechar su disposición en un relieve o en un frontón. Además, dobla en tamaño a los atenienses: debía alcanzar los 2,20 m de altura.

La ranura de la parte inferior de su cuello indica que formaba parte de una cuadriga, mientras que el surco visible en el lado izquierdo sería la marca dejada por las riendas metálicas hoy perdidas. Asimismo, en el orificio de la zona alta de las crines iría clavado, según Schröder, un «meniskos» o media luna que servía para ahuyentar a los pájaros. Como era habitual en la escultura y la arquitectura griega, el caballo estaba policromado. Hoy, sólo quedan mínimos restos del rojo de su hocico y de un meandro dorado que simulaba su arnés. Rojo, azul, negro y dorado eran los colores más usados en los edificios griegos. El rojo resaltaba las líneas horizontales del entablamento (listeles y molduras) mientras que las verticales (triglifos, mútulos y gotas) se señalaban con azul y negro. Por su parte, en las figuras la policromía del atuendo contrastaba con la blancura marmórea de sus cuerpos.

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