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Martes, 4 de octubre de 2005

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ARTE / Claroscuro

«Música y poesía en una misma lira tocaremos»

Por Marta Poza Yagüe

Quien pronunció estas palabras no pudo ser otro que don Tomás de Iriarte, aquel escritor canario de nacimiento (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1750), pero madrileño de adopción (m. Madrid, 1791), conocido fundamentalmente por su faceta de fabulista. Pero lejos de limitarse a este género, Iriarte fue ante todo un fiel representante del espíritu ilustrado que inundó los círculos intelectuales hispanos de la segunda mitad del siglo xviii. Amigo de Cadalso, director temporal de alguno de los periódicos de mayor prestigio en el momento (el Mercurio Histórico y Político, 1772), archivero general del Consejo Supremo de la Guerra (1776), traductor de Horacio (Arte Poética, 1777), fue, ante todo, un escritor consciente de su oficio que arremete, a través de las moralejas que entrañan sus Fábulas literarias (1782), contra los falsos eruditos y los autores mediocres, más preocupados por la fama presente y futura que por la calidad de su literatura.

Como poeta, su obra culmen seguramente sea La música (1779), tratado versificado en cinco cantos con el que busca reivindicar el papel protagonista de esta disciplina dentro del conjunto de las Bellas Artes. Aunque en un principio no lo concibió como de divulgación pública sino que, al contrario, «debía servir privadamente sólo para mi diversión, y acaso para la de algunos Amigos aficionados al arte músico» —según declara él mismo en el prólogo—, el impulso decidido que recibió para su conclusión y publicación por parte del gran ministro de Carlos III, Floridablanca, le hicieron volcarse en una edición cuidada hasta el extremo, no exenta de intención docente, en la que la métrica, una silva con rima consonante, fue elegida intencionadamente por dos razones justificadas por el propio autor antes de iniciar el primer canto:

… lo primero, porque, si un Poeta didáctico se toma el trabajo de poner los preceptos en verso, es para que se queden impresos en la memoria de quien los lee, y esto sin duda se logra mejór con el consonante que con el asonante, ó verso suelto; y lo segundo, porque, tratando del arte de la sonoridad, era preciso emplear la Poesía más sonora.

Seguramente, escribir sobre tonos, armonías, instrumentos o canto no fue de gran dificultad para él, intérprete consumado de violín, viola y bandolín, además de admirador declarado de su contemporáneo Haydn.

Que se sintió orgulloso del resultado final de este trabajo puede comprobarse en el retrato que se conserva de él en el Museo del Prado. De medio cuerpo girado hacia el espectador, ataviado con elegante casaca azul con chaleco y bocamangas rojas, reposa su mano sobre un ejemplar de este tratado musical, dispuesto en una mesa junto a un tintero con sus plumas.

Bastante menos es lo que se puede decir del autor del lienzo, el soriano nacido en Ágreda, Joaquín Inza. Retratista no demasiado hábil con el pincel cuyas obras, sencillas de composición, traslucen un estilo algo seco y acartonado que poco o nada tiene que ver con la soltura técnica y la penetración psicológica de los retratos que, por los mismos años, eran encargados en Madrid a Goya.

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