ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
En 1988, la directora de cine Josefina Molina llevaba a la pantalla la película Esquilache, adaptación cinematográfica de la obra teatral de Buero Vallejo Un soñador para un pueblo. Como telón de fondo, la reacción del pueblo español —gobernado por una aristocracia rancia, conservadora, inmovilista y anquilosada en sus antiguas costumbres y trasnochados privilegios—, contra los nuevos aires modernistas e ilustrados que trataba de introducir en el país uno de los secretarios de Carlos III: el siciliano marqués de Esquilache.
En una de sus escenas, el rey (Adolfo Marsillach), mantiene una amarga conversación con su ministro (Fernando Fernán-Gómez), en la que se lamenta del panorama nacional. La charla no hace sino aumentar los recelos de los españoles contra el italiano, toda vez que ésta se desarrolla en el marco público de un almuerzo del monarca al que asiste en pleno la corte. Pero no todos comen. Sólo lo hace el rey, mientras que el resto de convocados se limitan a charlar —más bien a conspirar— en grupos, o a pasear por la habitación.
Magistralmente concebida, la secuencia cinematográfica reproduce, punto por punto, un pequeño cuadrito del pintor Paret y Alcázar: la misma ambientación de la estancia con la larga mesa dispuesta al fondo de una sala de paredes recubiertas de lienzos y tapices; el mismo desfile de sirvientes transportando los alimentos en fuentes de plata; la misma distribución de grupos de personajes ataviados según la moda dieciochesca, conversando por parejas; no faltan, incluso, los lebreles que acompañaban al soberano durante sus cacerías y que, a los pies de la mesa, reciben en ocasiones trozos de comida directamente de las manos de su propietario.
El marco arquitectónico, aunque parcialmente recreado, parece que se corresponde con una habitación existente en el Palacio Real de Madrid: la «Antecámara de Carlos III», conocida también como la «Pieza de la Conversación». Allí era donde habitualmente cenaba el monarca (quien, para comer, utilizaba la estancia inmediatamente anterior, denominada «Saleta de Carlos III»). En su época, cuadros de Tiziano, Van Dyck, y las mismísimas Meninas de Velázquez, colgaban de sus paredes durante el verano. En invierno, y con el fin de aislar algo más la sala del frío exterior, cubrían los muros una serie de tapices dedicados a la Historia de José, tejidos en la Real Fábrica de Tapices sobre cartones pintados por José del Castillo. Presidiéndolo todo, desde el techo, el fresco del bohemio Anton Raphael Mengs en el que la Apoteosis de Hércules suponía una alegoría de Carlos III ensalzado, no sólo como héroe político y militar, sino también como protector de las Artes.
El óleo de Paret es fiel exponente del estilo preciosista del pintor, uno de los máximos representantes del rococó español. Pese a sus pequeñas dimensiones sorprende por sus colores brillantes, la vivacidad en la pincelada, la atención prestada a los detalles matéricos como calidades de tejidos y joyas, y por la capacidad técnica para recrear una escena convincente en la que multitud de personajes se distribuyen dentro de un marco arquitectónico grandilocuente como el que corresponde a un palacio borbónico.
No exento de cierta ironía, el autor firmó su obra en griego consignando la siguiente —e ingeniosa— frase: «Luis Paret, hijo de su padre y de su madre, lo hizo».