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Martes, 14 de octubre de 2003

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ARTE / Claroscuro

Primer Renacimiento en Valencia

Por Susana Calvo Capilla

La atribución de esta espléndida tabla a Pablo de San Leocadio, un pintor de origen italiano que trabajó en Valencia entre 1472 y 1520 bajo el patrocinio de Rodrigo de Borja, futuro Alejandro VI, es reciente pero casi unánime.

La imagen muestra a la Virgen con el Niño entre San Benito y San Bernardo. En el ángulo inferior derecho se sitúa el donante, una figura de menor escala que el resto. Se trata de un caballero desconocido de la Orden de Montesa. El autor se puede considerar un pintor muy cercano a la plenitud renacentista, que domina el dibujo, la luz, el color, así como la perspectiva y las proporciones. Tanto la luminosidad como los tonos fríos utilizados permiten resaltar los volúmenes de los personajes, armónicamente relacionados entre sí y dotados de gran monumentalidad. La delicadeza de los gestos y de los rostros o la perfección del dibujo nos revelan un nuevo canon de belleza, la belleza ideal renacentista, que se hace tan evidente en este Niño Jesús. Sólo la composición de la escena, la figura del donante o el detenimiento en algunos detalles delatan su apego a las formas nórdicas.

Hay que tener en cuenta que Valencia era a finales del siglo xv prácticamente el único lugar de la Península donde ya se habían asimilado las formas procedentes de Italia no sólo por la llegada de artistas o de obras de aquel país sino por los españoles que habían viajado y estudiado con los grandes maestros del Quattrocento. Se trataba de una ciudad abierta al Mediterráneo, gracias a su importante puerto comercial, que poseía mecenas ricos, como los mercaderes, y poderosos, como la mismísima familia Borgia. Entre ellos fue creciendo el gusto por lo italiano, que llegó a superar la inclinación dominante en la época por lo flamenco y que permitió su difusión por el resto del reino de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Las vicisitudes del ingreso de esta tabla en el Museo del Prado merecen contarse. Según Enrique Lafuente Ferrari, la tabla había sido adquirida por un restaurador de Madrid en 1919 y, una vez conocida su existencia, el Prado se interesó por ella. Debido a la falta de fondos, el Museo lanzó una suscripción nacional para alcanzar la entonces fabulosa cifra de 100 000 pesetas. Un industrial bilbaíno adelantó una gran suma a la colecta y ésta fue completándose poco a poco, con la esforzada contribución del propio museo. Al mismo tiempo, se lanzó una campaña de prensa en la que se criticaba el «dispendio» porque podía herir la sensibilidad de la gente. Surgió asimismo cierta controversia con la autoría de la tabla, que llegó a considerarse una falsificación. Tras los análisis de los especialistas y someterla a rayos X, se demostró su autenticidad y entró en la Pinacoteca Nacional «con todos los honores».

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