ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Guardainfante,pollera, verdugado y basquiña para la falda; apretador,almilla,corpiño o emballenado; cuellos de lechugillas,gorgueras o escotes exagerados; pelucones, plumas y maquillaje. Todo ello formaba parte del atuendo de las mujeres de alto copete en la España del siglo xvii. Con razón decía la Condesa de Aulnoy en su obra Relación del viaje a España (1690):
Por primera vez me vestí a la española, y no puedo imaginar traje más molesto. Hay que tener los hombros tan apretados que duelen; no se pueden levantar los brazos y apenas entran en las mangas. Me pusieron un guardainfante de un tamaño espantoso y no sabía qué hacer yo dentro de aquella extraña máquina; no acertaba a encontrar la manera de sentarme, y creo que aun cuando lo llevase toda la vida no podría acostumbrarme a él.
Pero vayamos por partes, porque la ceremonia de emperejilarse cada mañana debía durar hasta el mediodía. Habla Madame dAulnoy del guardainfante, armatoste de origen flamenco cuyo nombre significa literalmente «guardar el infante», porque parece que fue usado para disimular los embarazos. Se trataba de una armadura hecha con alambres y cintas que servía para ahuecar la falda como si de una mesa se tratara. Se puso de moda después de 1630, sobre todo con la mujer retratada aquí, doña Mariana de Austria, la segunda esposa de Felipe IV. Sobre él se colocaba la pollera, una falda gruesa, de mimbre, que aún aumentaba más el volumen. Añadían otras veces un verdugado, un armazón que servía para ensanchar las caderas. Por encima de todo ello se colocaba la falda o basquiña, como esta negra con adornos de plata de doña Mariana. Sobre ella cae el amplio faldón del corpiño o jubónemballenado que le oprime el busto y un apretador que le ajusta el talle.
A diferencia de otras damas más descocadas, su escote no es muy pronunciado y queda recatadamente cubierto con un cuello de gasa y un collar de oro. Dos lazos rojos prendidos de sus muñecas y los lazos y la pluma del pelucón dan la nota de color a su imagen. A ello hay que añadir el excesivo colorete de sus mejillas y los labios pintados de carmesí, que subrayan la escasa beldad de la reina. Como decía Fray Luis de León, «todas las cosas tienen una natural tasa y medida... y si dello les falta o sobra algo, eso es fealdad o torpeza». Velázquez debió realizar este retrato en torno a 1650 o1651, cuando la reina contaba con sólo dieciséis años. En 1649 se había casado con su tío, Felipe IV, a la sazón treinta años mayor que ella, y en 1651 cayó enferma tras su primer parto. Quizá no sea de extrañar el semblante entristecido de la muchacha en este lienzo. Tantas galas y perifollos permitieron, sin embargo, a Velázquez desplegar su extraordinaria técnica (de «manchas distantes», decía Quevedo), al tiempo que mostraba su delicadeza y elegancia como retratista de la familia real.