Literatura
Por José Jiménez Lozano
Hubo, una vez, en el Logroño del setecientos, un señor inquisidor que tenía invitados; pero, cuando en la cocina de su casa se percataron de que no había ni huesos de carnero para el consomé, los criados de su señoría se precipitaron a última hora al mercado en su busca, pero llegaron tarde, y no encontraron nada.
Los criados del señor inquisidor vocearon y amenazaron, pero los carniceros no pudieron hacer nada para arreglar las cosas ya a esas horas, así que aquellos volvieron desolados, y su señoría, viéndose defraudado y en apuros a cuenta del menú que había pensado ofrecer, montó en cólera. Y por todo lo alto. Se largó nada menos que con la excomunión al señor regidor, al fin y al cabo responsable último de los mercados públicos; y el señor regidor se quejó al rey, el rey al Real Consejo de la Suprema Inquisición, y ésta, por fin, puso coto al asunto; pero sólo después de bastante tiempo. Lo que indica, desde luego, la prepotencia de sus señorías en la época, y nos tranquiliza a nosotros, que lamentamos así profundamente los abusos de autoridad que ocurrían antiguamente.
Podemos añadir incluso que, en último término, todo eso ocurrió por la penuria de adelantos técnicos, y del teléfono especialmente, que en este caso hubiese servido para avisar tempranito desde la cocina de su señoría al mercado para que aquí le guardaran sus privilegios. Y no se hubiera dado lugar a ningún conflicto, ni del asunto del consomé hubiese quedado memoria en los papeles. ¡Lo que son los adelantos!