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Martes, 15 de octubre de 2002

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ARTE / Claroscuro

Santo Domingo de Silos

Por Marta Poza Yagüe

Hace ahora cerca de mil años que, según la tradición, debió de nacer Domingo Manso, más conocido como Santo Domingo de Silos, en un pequeño pueblo de La Rioja. De su posible aspecto físico hablan los versos compuestos por Gonzalo de Berceo hacia 1236, que se basan en la biografía que hizo del santo el monje Grimaldo a los pocos años de su muerte:

Señor Sancto Domingo,     leal escapulado,
andava en la orden       como bien ordenado,
los ojos apremidos,       el capiello tirado,
la color amariella       como ome lazrado.

Sin embargo, poco o nada tienen que ver con la representación del mismo realizada por Bartolomé Bermejo, casi dos siglos y medio después.

Lejos de mostrar al santo con el hábito negro de la Orden Benedictina, demacrado, con los ojos hundidos y la piel amarillenta, a causa de las continuas penitencias, lo presenta como un personaje corpulento, revestido de pontifical, y con los atributos propios de los obispos como el libro, la mitra cuajada de piedras preciosas y el báculo. El soberbio volumen de la figura, estrictamente frontal y con una mirada que interpela de modo directo al espectador, queda realzado —aún más si cabe— por la inserción de multitud de figurillas de menor tamaño que lo enmarcan: series de mártires y santas a modo de pequeños cuadros dentro del cuadro en la orla de la capa, y las decoraciones escultóricas de la silla en las que, personajes femeninos, simulando nobles y reinas, son en realidad alegorías de la Fortaleza, Justicia, Fe, Caridad, Esperanza, Prudencia y Templanza.

Destaca por encima de todo la riqueza tanto de las vestiduras, como del trono en el que se sienta. Las primeras proporcionan al artista el medio ideal para plasmar todos los conocimientos aprendidos del arte de los grandes maestros flamencos sobre la representación de las texturas y calidades matéricas de los objetos. Así, una pesada capa pluvial, bordada en hilo de oro por la cara exterior, y forrada en seda verde por la interior, deja ver parcialmente el tejido de la dalmática inferior: un grueso terciopelo de color carmesí. Sobre la segunda, la silla es el mejor exponente del eclecticismo artístico del Aragón del momento. De madera tallada y dorada, las cenefas decorativas reproducen lacerías de origen morisco, mientras que, las tracerías, doseles y pináculos que alojan las imágenes de las Virtudes están tomadas de las formas de la arquitectura gótica.

La pieza formó parte del retablo dedicado a la vida del santo que presidió la iglesia de Santo Domingo de Silos de Daroca (Zaragoza). Contratado el conjunto por Bermejo el 5 de septiembre de 1474, esta tabla estaba ya pintada el 17 de noviembre de 1477. Trasladada al Museo Arqueológico en 1870, de allí pasó a formar parte de las colecciones del Prado en 1920.

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