Música y escena
Por Carlos Barreiro Ortiz
La primera aparición pública de Marlos Nobre (Recife, 1939) fue en 1960. Ese año, el compositor brasilero recibió el premio del II Concurso Música y Músicos del Brasil, por el Trío op. 4 para violín, violonchelo y piano cuya ejecución en Río de Janeiro desató las reseñas más exuberantes. En un periódico local se comentaba que este adolescente «...surge en nuestro medio musical como una estrella de intensa luminosidad, y a quien parece haber entregado Heitor Villa-Lobos el cetro de la creación musical brasilera». La relación del joven músico con el maestro era apenas natural, pues Villa-Lobos es paradigma de la música del Brasil y, por supuesto, de América Latina. Y en este sentido, la evolución del estilo de Nobre parecía confirmar esa apreciación.
La serie de Tres ciclos nordestinos para piano compuesta entre 1960 y 1966 sobre la tradición folclórica del nordeste del Brasil, insistía en el empeño de Villa-Lobos de recuperar las raíces musicales del país en un lenguaje actualizado. Aún más, el Cuarteto N.º 2 op. 26 estrenado en 1967 en Madrid, con su elaborado tema Bach, parecía reincidir en el melancólico sendero neobarroco transitado por aquel. Falsa alarma. Era apenas el resultado natural de una fatalidad que pesa sobre los compositores de un país que es, en síntesis, un continente de definido perfil cultural. El propio Nobre nos revela el sentido de su concepción musical: «Mi objetivo final es el de establecer un equilibrio entre la espontaneidad y la lógica consciente, entre la austeridad y la riqueza de materiales, evitando que el rigor y la densidad perjudique la expansión y la continuidad del flujo sonoro». En este programa de trabajo, el énfasis rítmico es elemento básico que anima la influencia de aires afrobrasileros practicados en Recife.
En cuanto a la estructura armónica, Nobre está convencido de que es posible descubrir alternativas más allá de la consonancia tradicional y de las enseñanzas de la Escuela de Viena. De todo esto da cuenta su extenso catálogo de obras, en particular, sus partituras orquestales. In memoriam (1976), escrita en homenaje a su padre, se desarrolla en medio de la aparición obsesiva de un tema de ocho notas, llevado a un clímax dramático que se diluye en atmósfera de tranquila resignación. La pieza Mosaicos, de 1979, explora en tres secciones colores instrumentales, estructuras rítmicas y sonoras, y notación estricta con pasajes aleatorios. Marlos Nobre es un compositor alerta a los problemas que afectan el acontecer de su tiempo. El nombre de Bach le sirve de nuevo en 1970 como línea temática para la composición de Biosfera para cuerdas, que simboliza la evocación espiritual del hombre frente al drama de la agresión y de la guerra. A partir de una formación en sociología y antropología, Nobre incursiona en la música en la década de 1960. En Buenos Aires toma contacto con Ginastera, Messiaen, Maderna y Copland. Pero el carácter experimental de su obra, ilustrado en la serie de Sonancias para diversos grupos instrumentales, no oculta la fuerte presencia de elementos del Brasil.
En Ukrinmakrinkrin para soprano, vientos y piano (1964), la atmósfera expresionista se refuerza con el timbre de instrumentos típicos —recurso que ya había utilizado en Variaciones rítmicas (1963)— o la exuberante presencia de las escuelas de zamba que se percibe en las percusiones del ballet Rhymetron (1968). Este compositor brasilero, que ha recibido distinciones y encargos en reconocidos eventos internacionales, es consciente de sus referencias musicales: Mozart, Bartok, y Lutoslawski. Pero su estilo celebra memorias de su niñez y la experiencia sonora de su entorno.