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Viernes, 19 de octubre de 2001

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Música y escena

Harold Gramatges

Por Carlos Barreiro Ortiz

Cuando el escritor Alejo Carpentier escribe sobre la música en Cuba, lo hace de manera precisa. En aquella dulce tierra de «luz y hermosura» de que hablara el poeta José María de Heredia, habría intérpretes de partituras clásicas antes de que se escribiera un libro o se publicara un periódico. Sin tradición aborigen, escasa de riquezas minerales, poco favorecida por los arquitectos, la isla parecía destinada a la música. Desde el siglo xviii se habla ya de guarachas criollas, danzas y habaneras en una mezcla de tradiciones caribeñas e hispánicas. Pero Cuba no es sólo fuente de aires evocadores y festivos.

La existencia de un núcleo de compositores en materias más elaboradas es un hecho que ha recibido el reconocimiento internacional a través del premio «Tomás Luis de Victoria», concedido por la SGAE en 1996 al compositor cubano Harold Gramatges (Santiago de Cuba, 1918). Premio este que reconoce también la fuerte presencia española en la evolución de la música cubana. Al igual que la mayoría de los compositores latinoamericanos, los primeros acordes de Gramatges resuenan en el piano.

Desde 1936, el futuro compositor se instala en La Habana. En el conservatorio de la ciudad recibe sus primeras lecciones de armonía y composición de manos de Amadeo Roldán y José Ardévol. La audición en 1942 de una temprana sonata para piano y otras piezas para teclado lo premia con una beca de estudios en USA, donde recibe lecciones de Copland, Bernstein y Foss, entre otros. De regreso a Cuba en 1948, Gramatges hace parte del grupo Renovación musical, que influyó de manera significativa en el desarrollo de la escena musical del país. El lenguaje del compositor toma partido desde el principio por las alternativas dramáticas que le ofrece el empleo de la voz humana, el medio teatral y el cine. Del año 1943 es una canción para voz y piano con texto de Rafael Alberti, y la partitura del ballet Ícaro con libreto de Serge Lifar, escrita para Alicia Alonso.

Es este el punto de partida de una serie de composiciones en la cual la voz humana aparece como elemento básico entre la textura de conjuntos instrumentales diversos: Oda Martiana (1978) para barítono y orquesta con texto de José Martí; cantatas como En el huerto del cantor (1979), Discurso de la América antigua (1989), Canto elegíaco (1997) en memoria de García Lorca, o La muerte del guerrillero (1969) dedicada al Che Guevara, así como sus numerosos ciclos de canciones y piezas corales, ilustran su elocuente vocación por la expresión lírica.

Un punto culminante en su carrera profesional es su designación en 1955 como Asesor del Departamento de Música de la Dirección General de Cultura bajo el régimen de Fidel Castro, cargo que le permite reforzar el sistema de enseñanza musical y crear la Orquesta Sinfónica Nacional. En la obra de Gramatges resalta un elemento de formulación neoclásica que se proyecta en la construcción de una sonoridad de expresión de la identidad nacional, y equilibra el empleo de soluciones extremas de experimentación técnica. Hasta la década de 1960, la obra de Gramatges comparte el gusto por la tradición musical cubana y las formas atemperadas de su formación académica. Como ilustración, Tres preludios a modo de Toccata (1955 ) y Guajira y Suite cubana para niños, todas ellas para piano.

La revolución cubana ofreció alternativas inéditas a los artistas del país. En el caso de Gramatges, la escritura se fragmenta y adquiere contornos abstractos como ocurre en la serie de cámara rotulada Móviles (1969-1977). En este sentido, la partitura Oda Martiana es descrita por el autor como «... sucesión de densidades y transparencias a través de un serialismo abierto». La música de Harold Gramatges es resultado de una elaboración consciente de su experiencia cultural e histórica que no desvirtúa la presencia de las corrientes más comprometidas de la vanguardia internacional.

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