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Martes, 9 de octubre de 2001

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ARTE / Claroscuro

La embajada turca

Por Susana Calvo Capilla

En 1741 una embajada del sultán otomano Mahmut I (1730-1754) se presentó ante Carlos de Borbón Farnesio, Rey de Nápoles y de las dos Sicilias, futuro Carlos III de España (desde 1759). En 1734, los Borbones españoles habían arrebatado al Imperio austrohúngaro los territorios de Nápoles, Sicilia, Capua y Gaeta. Precisamente los austríacos eran por entonces el enemigo más importante del Imperio Otomano. El Sultán, que tenía su principal aliado europeo en Francia, debió de considerar oportuno establecer contactos diplomáticos con el nuevo gobernante del Mediterráneo. El encargado de hacerlo fue Hagi Hussein Effendi, un enviado de la Sublime Puerta. Con este nombre se designaba en Europa al conjunto del Imperio Otomano, aunque en realidad se trataba sólo de la sede del Gran Visir en Constantinopla. La Sublime Puerta estaba compuesta por el Gran Visir y todos los visires y secretarios a su servicio, que detentaban una gran parte del poder imperial. El Gran Visir se ocupaba de ejecutar las órdenes del Consejo imperial, de dirigir las tareas administrativas, así como de las relaciones diplomáticas con las potencias europeas. Únicamente escapaba a su control el Tesoro.

Los contactos entre la monarquía española y el Imperio Otomano no se interrumpieron tras esta primera visita. Desde finales del siglo xviii se firmaron tratados comerciales entre ambos Estados. En 1839, por ejemplo, Isabel II renueva y amplia el firmado en 1782, mediante el cual se regulaban los aranceles de las importaciones y las exportaciones entre ellos. A principios del siglo xix España importaba de Turquía, además de variados productos comestibles como el café de Moka, otras muchísimas cosas, desde cuernos de búfalo hasta sanguijuelas, pasando por gorros de Túnez, sedas y tejidos de Bursa, Damasco, Alepo, Chipre o Egipto, incienso, opio de Egipto, plumas de avestruz o pieles de cabra de angora.

La embajada de 1741 debió de constituir todo un acontecimiento social y político en Nápoles, como lo prueba la realización de este cuadro. Carlos de Borbón encargó al pintor Giuseppe Bonito plasmar la escena en un lienzo para poder mostrársela a su madre, Isabel de Farnesio, Reina de España. A ella se lo envió una vez concluido, pues se sabe que formaba parte de la colección de pintura de la Reina tan sólo cinco años después de la visita. De esa manera la ponía al corriente de los eventos que tenían lugar en la corte napolitana y de esta inusual visita. El artista recoge con precisión todos los detalles exóticos que portaban los embajadores, el atuendo, los turbantes, los puñales sujetos en sus cinturones, la larga pipa que sostiene uno de los ayudantes o los anillos.

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