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Lunes, 30 de octubre de 2000

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Literatura

Aguafuertes de Arlt, 7. El idioma de los argentinos

Por Sergio León Gómez

En sus opiniones sobre el idioma de los argentinos Arlt y Borges, coinciden. La energía con la que Arlt rechaza las opiniones de este señor Monier es la misma que manifiesta Borges contra el insigne Américo Castro en el paradigmático texto «Las alarmas del doctor Américo Castro», donde lo acusa de padecer las supersticiones convencionales de los gramáticos y de ser incapaz de acoger en su corpus lingüístico la riqueza léxica de un Martín Fierro.

El idioma de los argentinos

El señor Monner Sans, en una entrevista concedida a un repórter de El Mercurio, de Chile, nos alacranea de la siguiente forma:

En mi patria se nota una curiosa evolución. Allí, hoy nadie defiende a la Academia ni a su gramática. El idioma en la Argentina atraviesa por momentos críticos… La moda del “gauchesco” pasó, pero ahora se cierne otra amenaza, está en formación el “lunfardo”, léxico de origen espurio, que se ha introducido en muchas capas sociales, pero que sólo ha encontrado cultivadores en los barrios excéntricos de la capital argentina. Felizmente, se realiza una eficaz obra depuradora, en la que se hallan empeñados altos valores intelectuales argentinos.

¿Quiere usted dejarse de macanear? ¡Cómo son ustedes los gramáticos! Cuando yo he llegado al final de su reportaje, es decir, a esta frasecita: «Felizmente se realiza una obra depuradora en la que se hallan empeñados altos valores intelectuales argentinos», me he echado a reír de buenísima gana, porque me acordé de que a esos «valores» ni la familia los lee, tan aburridos son.

¿Quiere que le diga otra cosa? Tenemos un escritor aquí —no recuerdo el nombre— que escribe en purísimo castellano y para decir que un señor se comió un sandwich, operación sencilla, agradable y nutritiva, tuvo que emplear todas esas palabras: «y llevó a su boca un emparedado de jamón». No me haga reír, ¿quiere? Esos valores a los que usted se refiere, insisto: no los lee ni la familia. Son señores de cuello palomita, voz gruesa, que esgrimen la gramática como un bastón, y su erudición como un escudo contra las bellezas que adornan la tierra. Señores que escriben libros de texto, que los alumnos se apresuran a olvidar en cuanto dejaron las aulas, en las que se les obliga a exprimirse los sesos estudiando las diferencias que hay entre un tiempo perfecto y otro pluscuamperfecto. Esos caballeros forman una colección pavorosa de «engrupidos» —¿me permite la palabreja?— que cuando se dejan retratar, para aparecer en un diario, tienen un buen cuidado de colocarse al lado de una pila de libros, para que se compruebe de visu que los libros que escribieron suman una altura mayor de la que miden sus cuerpos.

Tomado de Roberto Arlt, «El idioma de los argentinos», en Aguafuertes, 1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 161-162.

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