Literatura
Acaso sería justo sacarle un poco del olvido. Fue un excelente destrozador del castellano. No sabía lo que era la sintaxis, pero sabía lo que era la prosa y alguna de las posibles voluptuosidades del escribir en prosa. Ya hemos dicho que en España y en su tiempo innúmeros ilustres ignoraban todo esto.
Al contrario que «Clarín», «Fernanflor» se nos muestra archisatisfecho de su microcosmos. Su provincianismo, su actualismo nos hacen mucha gracia y nos inspiran cierta simpatía. Para él no existen más que Madrid y los días de la Restauración; es el autor más sonriente de su tiempo; siente la villa y corte como siente París un parisién; y la era canovina, como un Saint-Simon el Gran Siglo.
Cuando se separa de esto, cuando intenta traspasar estas lindes temporales y locales, «Fernanflor» cae de lleno en el ridículo. He aquí una evocación del siglo de oro español (en un discurso de entrada en la Academia): «Entonces el habla era graciosa, como de héroes; relevada, como broquel de príncipe; afiligranada, como relicario de camarín; guarnecida de piedras y esmaltada, como viril de catedral, y bruñida, como el acero de los lazos de las espadas de Milán y de Toledo..., etc., etc.».
—Desde aquí, nos parece estar viendo este siglo de oro: parece el taller de Muñoz Degrain.
10-IX-1918
Eugenio dOrs, El valle de Josafat, página 158. Edición de Ángel dOrs y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.