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Jueves, 26 de octubre de 2000

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Literatura

Glosas de d’Ors. «Fernanflor»

Acaso sería justo sacarle un poco del olvido. Fue un excelente destrozador del castellano. No sabía lo que era la sintaxis, pero sabía lo que era la prosa y alguna de las posibles voluptuosidades del escribir en prosa. Ya hemos dicho que en España y en su tiempo innúmeros ilustres ignoraban todo esto.

Al contrario que «Clarín», «Fernanflor» se nos muestra archisatisfecho de su microcosmos. Su provincianismo, su actualismo nos hacen mucha gracia y nos inspiran cierta simpatía. Para él no existen más que Madrid y los días de la Restauración; es el autor más sonriente de su tiempo; siente la villa y corte como siente París un parisién; y la era canovina, como un Saint-Simon el Gran Siglo.

Cuando se separa de esto, cuando intenta traspasar estas lindes temporales y locales, «Fernanflor» cae de lleno en el ridículo. He aquí una evocación del siglo de oro español (en un discurso de entrada en la Academia): «Entonces el habla era graciosa, como de héroes; relevada, como broquel de príncipe; afiligranada, como relicario de camarín; guarnecida de piedras y esmaltada, como viril de catedral, y bruñida, como el acero de los lazos de las espadas de Milán y de Toledo..., etc., etc.».

—Desde aquí, nos parece estar viendo este siglo de oro: parece el taller de Muñoz Degrain.

10-IX-1918

Eugenio d’Ors, El valle de Josafat, página 158. Edición de Ángel d’Ors y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.

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