ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Uno de los mayores problemas a los que debieron enfrentarse los estados de la Edad Moderna fue el de la composición de sus ejércitos. En ellos cada vez era mayor el número de mercenarios de cualquier procedencia que, lejos de luchar por un ideal, lo hacían seducidos únicamente por la esperanza de enriquecerse rápidamente con el fruto de los botines que incautaban a los vencidos. En este sentido debe entenderse este lienzo, profunda crítica de uno de los episodios más oscuros vividos por Carlos V durante su reinado: el pillaje y la destrucción a los que fue sometida la ciudad de Roma por parte de las tropas imperiales en 1527.
Amérigo y Arrarici, quien había dedicado gran parte de su carrera al diseño de complejas escenografías entre otros para el Teatro Martín de Madrid, concibe el cuadro como si formara parte del desarrollo de una representación dramática en la que aparecen figurados desde los decorados, en este caso la arquitectura imaginaria de una iglesia romana, hasta los distintos actores, ejecutando cada uno el papel que le ha sido asignado: los protagonistas en primer término y los figurantes en el fondo.
Lejos de cualquier intención mitificadora de los hechos del pasado, muestra a la soldadesca que ha invadido el templo y, tras apropiarse de sus ornamentos litúrgicos y tesoros artísticos, lo ha convertido en el escenario de una sacrílega orgía. Sus rostros reflejan los efectos del vino mientras contemplan a uno de sus compañeros que, revestido de pontifical, parece dar la bendición a otro que se dispone a violar a una joven novicia, ya desfallecida, sobre la mesa del altar. A sus pies, la nota trágica la conforman las figuras sin vida de un anciano padre y su hija que han preferido morir antes de contemplar todo ese horror, y de un caballero leal que ha sido asesinado por defender el recinto sagrado, cuyos ojos desorbitados y boca entreabierta son la máxima expresión del terror causado por la barbarie humana. Un brusco contraste lumínico contribuye a acentuar el dramatismo de la escena.
La composición fue premiada con medalla en la Exposición Nacional de 1887. Adquirido por el Estado con destino al Museo Nacional de Pintura, meses después fue depositado en el Museo de Valencia por Real Orden de 18 de noviembre de 1887.