ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Pese al amor que profesó a la emperatriz Isabel, la leyenda nos presenta a un Carlos V mujeriego, coleccionista de amantes. Entre sus numerosas aventuras, dos serán especialmente relevantes. La primera será la relación que mantuvo con Johanna van der Gheysnt, de cuyo vínculo nació Margarita de Parma, futura Gobernadora de los Países Bajos. La segunda, la de Bárbara de Blomberg, quien, en 1545, le hará padre de un niño al que pondrán el nombre de Jerónimo.
Este pequeño, conocido familiarmente con el apelativo de Jeromín, se convertirá con el tiempo en el famoso don Juan de Austria, general de la Armada española que derrotó a los turcos en la célebre Batalla de Lepanto. Las exigencias de la corte obligaron al rey a disimular su amor por el niño, que fue educado de forma oculta en Leganés. Tras la abdicación de su padre, fue trasladado a Cuacos, en las cercanías de Yuste, donde permaneció bajo la tutela de don Luis Méndez de Quijada, mayordomo real, y de su esposa.
Es en el marco del monasterio jerónimo, en 1558, en el que se desarrolla la escena narrada por Rosales en su lienzo. Don Juan, vestido de azul, hace una graciosa reverencia al emperador, a quien está siendo presentado por don Luis ante miembros destacados de la corte. Carlos V, sentado frente a una ventana, muestra signos inequívocos de enfermedad. Le escoltan su fiel perro y dos monjes. En el fondo de la sala, penden de las paredes dos lienzos de Tiziano, el Ecce Homo y la Dolorosa con las manos abiertas, hoy en el Prado, y de los que se tiene constancia que acompañaron al monarca durante su retiro.
A pesar de sus dimensiones reducidas, el cuadro está compuesto de modo magistral, con un excelente dominio de la técnica, mediante pinceladas cortas de pintura pero en las que aplica gran cantidad de materia, logrando así resultados de gran modernidad en los que sin embargo no se llega a perder la concepción del volumen heredada de los maestros antiguos. El cuidado puesto a la hora de representar hasta el más mínimo detalle de las indumentarias y la brillantez cromática lo convierten, asimismo, en uno de los ejemplos destacados de la mejor etapa creativa del pintor.
La obra, comenzada en Roma en 1869, figuró en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1871. Perteneció al marqués de Portugalete y a la duquesa viuda de Bailén, de donde pasó por donación al Museo del Prado el 6 de marzo de 1919.