ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Solemne desengaño es el título de uno de los Romances históricos más conocidos del Duque de Rivas, publicado en 1838. La composición, dedicada a la vida de Francisco de Borja, marqués de Lombay y cuarto duque de Gandía, alcanza su máxima intensidad dramática al narrar el momento en el que su protagonista tiene que cumplir con el trámite de abrir el féretro para identificar el cadáver de la emperatriz, antes de entregar su cuerpo al arzobispo de Granada.
Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, había muerto el 1 de mayo de 1539 en Toledo, lugar desde el que fue trasladada a la ciudad andaluza, en cuya catedral se encontraba preparado su monumento funerario. La visión de los restos putrefactos de la que había sido considerada una de las mujeres más bellas de su tiempo produjo profunda mella en el Duque de Gandía quien, tras decidir «no más servir a señores que en gusanos se convierten», ingresó en la Compañía de Jesús.
El cuadro refleja el mismo instante en el que Francisco de Borja, tras proceder a su desagradable misión, tiene que refugiarse desmayado en los brazos del caballero que lo acompaña. A la derecha, el catafalco; a la izquierda, las autoridades eclesiásticas y la camarera de la emperatriz, Leonor de Castro, esposa del Duque.
Realizado cuando el autor contaba tan sólo con veinticuatro años, sus características lo convierten en una de las obras maestras de la pintura de historia del siglo xix. Destaca su capacidad para reproducir las calidades táctiles de los distintos materiales: el bronce del ataúd, el espléndido repostero con el águila imperial bordada sobre el que se apoya, el fino velo que cubre el rostro de la emperatriz dejando traslucir sus rasgos, la gruesa alfombra arrugada que se extiende a los pies de los personajes, el cuero de las botas de nuestro protagonista o la magnífica capa pontifical que viste el arzobispo, propia de la pintura del barroco, cuya orla con motivos de tibias entrecruzadas y calaveras contribuye a acentuar el tono fúnebre de la composición. Junto a ello, no se debe pasar por alto el realismo en la figuración de los rostros, alguno de ellos auténticos retratos, como el del niño que sujeta el báculo arzobispal.
Fue premiado con la primera medalla de la Exposición Nacional de 1884, recibiendo igualmente sucesivos galardones en Múnich, Viena, Chicago y París. Adquirido por el Estado con destino al Museo del Prado el 20 de junio de ese mismo año, en 1957 se decide su depósito en el Museo de Bellas Artes de Granada donde permaneció hasta la devolución al Prado en 1993.