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Martes, 3 de octubre de 2000

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ARTE / Claroscuro

Una mujer de coraje

Por Marta Poza Yagüe

El 23 de abril de 1521 mueren ejecutados en la pequeña localidad de Villalar (Valladolid) Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, cabecillas de la rebelión comunera que levantó en armas a toda Castilla contra la política de Carlos I, a quien acusaban de haber puesto freno al ejercicio de los antiguos derechos y libertades que habían sido otorgados a los castellanos por sus predecesores.

El lienzo de Vicente Borrás recoge el momento en el que María Pacheco, mujer de Padilla, es informada de la derrota de las tropas comandadas por su marido. Vestida de negro, y apoyada sobre una mesa, su rostro refleja el dolor que le ha causado la noticia. Junto a ella, dos damas han acudido a consolarla pero una de ellas no ha podido reprimir el llanto y esconde el rostro entre sus manos. Al fondo, parte de las milicias contemplan cabizbajos la escena respetando con su silencio el dolor de la viuda.

Pese a todo, parece ser que María decidió continuar con la labor iniciada por su esposo y, rodeada de algunos caballeros leales, se hizo fuerte en Toledo dispuesta a morir antes que rendir la ciudad a los ejércitos imperiales. Este ideal de perder la vida antes que la libertad es el hilo conductor de un drama escrito por Martínez de la Rosa titulado La viuda de Padilla, y estrenado en los turbulentos días de 1812 en los que un grupo de liberales se atrevían a desafiar el absolutismo de otro monarca, Fernando VII, promulgando en Cádiz la constitución.

Los siguientes versos resumen el espíritu de la obra y bien podemos imaginarlos pronunciados pocos instantes después del recogido en el cuadro:

¡Libertad! al lidiar en los combates,
el infeliz Padilla apellidaba
¡Libertad! al caer lleno de heridas;
y al cortar la cuchilla su garganta,
de ¡Libertad! el sacrosanto nombre
entre sus yertos labios resonaba.
¡Imitadle! Murió por vuestra gloria:
O vengadle o morir: él os lo manda.

Finalmente, las tropas del emperador consiguieron entrar en la ciudad y María Pacheco se vio obligada a huir disfrazada para salvar su vida y la de su hijo, un niño de corta edad. El acusado estatismo de los personajes y la contención de sus gestos confieren cierta frialdad a un cuadro en el que lo mejor es la corrección del dibujo, la aplicación del color y la compensación de luces y sombras. Elogiado por la crítica tras su presentación, fue premiado con medalla de segunda clase en la Exposición Nacional de 1881. Adquirido por el Estado, fue depositado en la Universidad de Barcelona.

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