ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En numerosas ocasiones, los especialistas no son capaces en ponerse de acuerdo a la hora de llegar a unas conclusiones respecto a obras emblemáticas de la Historia del Arte. Este es el caso de las dos vistas que Diego Velázquez realiza sobre la Villa Médicis de Roma.
Se sabe que el pintor estuvo en dos ocasiones en Italia, en 1628 y en 1649, y por tanto, en algún momento de dichas estancias debió de realizar estas dos «joyas» pictóricas que tanto entusiasman a los entendidos desde que, en el siglo xix, los impresionistas llamaron la atención sobre la modernidad de su ejecución.
En dichos cuadros, Velázquez no recrea unos paisajes en su taller, ya que lo encontramos pintando al aire libre, plasmando el ambiente y la luz de un momento dado sobre el lienzo, con una técnica muy abocetada y de pinceladas de color muy diluidas; incluso deja que se vea la trama de la tela: su textura simula la de los ladrillos descarnados de una arquitectura que ha perdido su enfoscado.
La polémica radicaba en su fecha de ejecución. Su técnica parecía demasiado avanzada para que pertenecieran ambos lienzos al primer viaje. Además, de ser así, se convertían en uno de los primeros ejemplos de cuadros pintados al aire libre de toda la historia de la pintura, por lo que no faltaron críticos que prefirieron ubicarlos en el segundo viaje, cuando dicha práctica estaba más extendida.
Los nuevos medios de estudio que nos ofrece la tecnología, por fin, han resuelto el problema. La investigación emprendida por Carmen Garrido, máxima experta en la técnica del sevillano, ha desvelado que las dos telas fueron, asombrosamente, pintadas durante el primer viaje, es decir, en 1629, ya que la preparación marrón del lienzo está realizada con tierra de Sevilla. Velázquez empleaba esta técnica antes de ir a Italia y no la volverá a utilizar tras su regreso. Además, la mezcla de los colores utilizados se compone de los similares elementos que hallamos en otros cuadros realizados en dicho viaje: blanco de plomo con impurezas de bario y antimonio.
Una vez más, nos hallamos ante unas pinturas de incalculable valor artístico por su carácter pionero, fruto del genio único, enigmático y pausado de Diego Velázquez.