ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
¿Qué quiso expresar don Francisco de Goya cuando pintó esta triste y solitaria cabeza de perro hundida en un mar de dunas? Efectivamente, se trata de un perro cubierto u oculto por la arena, de él vemos sólo su cabeza y su expresión alucinada. ¿Pudiera ser una metáfora de la angustia ante el fin próximo? Tal vez el animal lucha por liberarse de la muerte, como lo hacía el propio pintor ya anciano, en sus últimos años de vida.
¿O bien es un ser que se asoma a la vida y que descubre inmediatamente el vacío, la soledad de este mundo? Quizá Goya nos muestra su propia soledad, su asombro y perplejidad ante la cruel realidad que le rodeaba.
La ambigüedad del lienzo no impide admirarlo como una de las imágenes más hermosas y, por qué no, más conmovedoras, de Goya. Así lo han visto algunos artistas contemporáneos españoles, fascinados al mismo tiempo por su modernidad. Dos de sus más sinceros admiradores han sido Antonio Saura y Rafael Canogar, miembros fundadores del grupo El Paso en 1957. Antonio Saura, que lo considera «el cuadro más bello del mundo», le dedicó innumerables homenajes, fue uno de sus motivos recurrentes. Para este pintor, recientemente desaparecido, esta escena angustiosa representaba «un retrato de soledad».
Rafael Canogar se declara cautivado por este «poema visual» y lo considera el primer cuadro simbolista de la pintura occidental. Compara acertadamente su paisaje con las atmósferas misteriosas del inglés Turner o de las obras de Antoni Tapies, y con el mundo hostil y desconocido de las obras de Bacon.
Este Perro semihundido forma parte de la llamada serie de pinturas negras que decoraban la Quinta del Sordo, la casa donde vivió Francisco de Goya hasta 1823, año en que abandonó España y comenzó su exilio en el sur de Francia. En esta quinta madrileña se rodeó el pintor de imágenes inquietantes y enigmáticas, que probablemente reflejan su estado de ánimo en esos turbulentos días de principios del siglo xix. Goya murió en Burdeos poco después, en 1828.