ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Una fría madrugada madrileña de la Navidad de 1734.
¡Fuego, fuego, el Alcázar está ardiendo!
Dos días más tarde.
No pudimos hacer más dijo un pintor de cámara, todavía con la cara y las manos ennegrecidas. Qué pena pensar que jamás podremos volver a ver ese Salón de los Espejos, ni esos cuadros de Tiziano, Ribera, Veronés, Bassano, Tintoretto, Rubens y Velázquez, reducidos ahora a cenizas. Parece que los dioses del Olimpo sentían celos ante tanta creación divina reunida en aquella gran estancia.
Pero por qué salvaste este cuadro le preguntó un aprendiz, si pudiste sacar en tu último viaje otras pinturas insignes que todavía colgaban de las paredes del salón.
Nunca vi tanta lección de buena pintura proseguía el pintor. Siempre me decía a mí mismo que si tuviera que llevarme un cuadro a mi taller tomaría éste y no otro; cómo iba a pensar que me vería ante semejante dilema. Permíteme que te hable de él.
«Respecto del tema del cuadro, en el libro primero de las Metamorfosis de Ovidio se nos relata cómo Júpiter convirtió en ternera a la ninfa Io justo antes de que su esposa, Juno, los encontrase juntos. Juno le pidió entonces a su esposo que le regalase el animal, que puso bajo el cuidado de Argos, el carcelero de los cien ojos. Por encargo de Júpiter, Mercurio tuvo que liberar a Io. Lo consiguió, después de dormir a Argos con la música de su flauta mágica y matarle con su espada. Juno, afligida por el triste final de su fiel criado, tomó sus cien ojos y los dispuso en la cola de su animal preferido, el pavo real.
»Se trata de uno de los últimos trabajos de Velázquez, destinado a ser colocado sobre una de las ventanas del comentado salón, lo que explica su forma apaisada. Tal como acostumbraba, Velázquez quiso presentar, en una composición perfectamente estudiada, una escena próxima y veraz, en contraste con el carácter grandilocuente de la mitología.
»En este cuadro, el maestro nos muestra una técnica intuitiva y genial, en la que, como si de una acuarela se tratase, no repara en superfluos detalles. Dispone manchas de color, desleídas unas sobre otras, que consiguen maravillosas veladuras. Sus pinceladas, aunque libres y a veces anárquicas, consiguen un resultado final portentoso y fascinante. Es cierto que aprendió de los grandes maestros, de Tiziano y de Rubens, pero superó a todos con creces.»