Para mi gusto, Quevedo es el primer
escritor castellano. He dicho escritor.
Hay clásicos y clásicos. Quevedo, como Fernando
de Rojas, como Santa Teresa, como Góngora, da la impresión de estar creando en
cada momento el lenguaje en que se expresa. Los dos fray Luis, por el contrario, parece
que lo hayan recibido ya hecho y que lo soporten. Cervantes ocupa un lugar
intermedio; cierto que la lengua le lleva y no él a ella; pero, en este dejarse llevar,
él mismo se regala y regocija, y bien se nota que da aire y ayuda a quien le
lleva, como un buen jinete a su caballo.
Humboldt hubiera dicho que el verbo de Luis de
Granada es un ergon, un resultado; mientras que el verbo de Quevedo es una energeia,
una energía. Para mí, la proporción de esta energía, de este dinamismo en su lenguaje,
es la que nos da la medida de un escritor considerado como artista del verbo.
Alguna vez he explicado el primer precepto de mi
retórica ideal. Es aquel que ordena que, bajo la pluma del verdadero escritor, toda
palabra sea un neologismo
Así se cumple en Quevedo.
¡Qué vocablos nerviosos y linajudos, como
potros finos, los de Quevedo! ¡Qué rápidas y perfectas cópulas de sustantivos y
adjetivos! ¡Qué salto de elipsis, qué trágica bacanal en el hipérbaton!
¡Y
aquel impulso frenético que fuerza las nociones vestales y es causa de que los mismos
verbos intransitivos se vuelvan violentamente, prolíficamente transitivos!...
En medio de esta orgía de fuerza brilla de
pronto la inteligencia hecha malicia, con el frío resplandor de una navaja española, en
la revuelta confusión de un fandango popular.
14-II-1918 |