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Miércoles, 3 de noviembre de 1999

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Literatura

Glosas de d’Ors. Quevedo

Para mi gusto, Quevedo es el primer escritor castellano. He dicho escritor.

Hay clásicos y clásicos. Quevedo, como Fernando de Rojas, como Santa Teresa, como Góngora, da la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresa. Los dos fray Luis, por el contrario, parece que lo hayan recibido ya hecho y que lo soporten. Cervantes ocupa un lugar intermedio; cierto que la lengua le lleva y no él a ella; pero, en este dejarse llevar, él mismo se regala y regocija, y bien se nota que da aire y ayuda a quien le lleva, como un buen jinete a su caballo.

Humboldt hubiera dicho que el verbo de Luis de Granada es un ergon, un resultado; mientras que el verbo de Quevedo es una energeia, una energía. Para mí, la proporción de esta energía, de este dinamismo en su lenguaje, es la que nos da la medida de un escritor considerado como artista del verbo.

Alguna vez he explicado el primer precepto de mi retórica ideal. Es aquel que ordena que, bajo la pluma del verdadero escritor, toda palabra sea un neologismo… Así se cumple en Quevedo.

¡Qué vocablos nerviosos y linajudos, como potros finos, los de Quevedo! ¡Qué rápidas y perfectas cópulas de sustantivos y adjetivos! ¡Qué salto de elipsis, qué trágica bacanal en el hipérbaton!… ¡Y aquel impulso frenético que fuerza las nociones vestales y es causa de que los mismos verbos intransitivos se vuelvan violentamente, prolíficamente transitivos!...

En medio de esta orgía de fuerza brilla de pronto la inteligencia hecha malicia, con el frío resplandor de una navaja española, en la revuelta confusión de un fandango popular.

14-II-1918

Eugenio d’Ors, El valle de Josafat, páginas 59-60. Edición de Ángel d’Ors y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.

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