ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En 1623, el Príncipe de Gales, Carlos de Inglaterra, llegó a Madrid de incógnito para pedir personalmente la mano de la infanta María. Durante los cinco meses que estuvo en la corte de Felipe IV le agasajó el monarca hispano. En su honor, se celebraron corridas de toros, juegos de cañas, exhibiciones de fuegos artificiales, así como numerosas representaciones de teatro. Carlos y Felipe, príncipes cortesanos de gran formación cultural, compartían muchas aficiones, entre ellas el gusto por la buena pintura.
Alojado en el Alcázar de Madrid, el heredero de la corona inglesa pudo observar las ricas colecciones de pintura que allí se custodiaban. Consiguió que Felipe le regalase una de sus piezas más preciadas, el retrato que Tiziano hizo en Bolonia de su bisabuelo el Emperador junto a su perro, vestido de gala con el traje que llevó en su coronación como rey de Lombardía. El cuadro salió de España y cruzó el Canal de la Mancha, pero el destino le deparó nuevos viajes.
Carlos, ya rey, entabló una lucha feroz con el parlamento inglés, lo que le haría perder el trono y más tarde la vida, al ser ejecutado en 1649. Las obras de arte que recopiló el gran mecenas británico se vendieron en almoneda. Felipe IV no perdió la ocasión y aprovechó para hacerse con algunas de las piezas de la regia colección. Entre ellas adquirió este retrato, que volvió a colgar de las paredes de su alcázar madrileño.
Parece que el cuadro quería seguir la agitada vida del Emperador. Éste, además de dirigir sus tropas, había llegado a recorrer todas sus posesiones alemanas, flamencas, italianas y francesas en numerosas ocasiones. Navegó por el Atlántico y por el Mediterráneo, e incluso visitó África en varias ocasiones. Tal vez, no estuvo nunca en Inglaterra, aunque, como hemos visto, sí estuvo su imagen.