Arte
Un programa de ordenador podría crear, sin mayores problemas, cadenas de caracteres (letras, números, signos especiales, etc.). Si estableciéramos una longitud fija para dichas cadenas, obligaríamos a que el ordenador generase todas las cadenas posibles variando el orden de los caracteres. Entre todas las cadenas producidas habría obras literarias de enorme valor artístico.
Lamentablemente, nos encontramos con dos problemas de muy difícil solución. El primero de ellos, por el momento es irresoluble, pero los avances técnicos de la informática podrían hacer pensar que en unos años los ordenadores serán tan rápidos que podrán generar todos los textos posibles a partir de una cadena de caracteres determinada. El segundo problema es más difícil de solucionar: ¿cómo podríamos encontrar textos literarios valiosos entre una masa tal que, aunque todos los habitantes de la tierra se dedicasen a ello, no tendrían tiempo para leerlos todos?
Es absurdo intentar crear todas las posibilidades, según el esquema clásico de la informática definido en el siglo pasado por Lady Ada Lovelace, la hija de lord Byron; ahora bien, la nueva ingeniería del conocimiento y la inteligencia artificial, nuevos paradigmas alejados del de Lady Ada, podrían producir textos de forma mucho más selectiva y tal vez con valor literario. La sociedad de consumo quizá tenga que utilizar estos sistemas para elaborar contenidos televisivos en los miles de canales que saldrán al mercado en pocos años.
El irónico escritor José Jiménez Lozano escribió en el ABC (11 de julio de 1997) un artículo titulado «La máquina de hacer novelas», en el que proporcionaba la siguiente información:
Existen verdaderos programas de ordenador para escribir una novela...: For novelists, Playwrights, Screen-writers, Fiction Writers of All Kinds. Y no seré yo, desde luego, quien ponga en duda la aceptabilidad de sus productos, ni tampoco su capacidad de satisfacer la demanda social estética, mucho mejor que los productos artesanales habidos hasta el presente... Parece, en efecto, que lo que hay que hacer para encargar a ese programa electrónico (The Ultimate Writing Partner) una novela, es ofrecerle simplemente los datos necesarios para la confección del producto, tales como las fichas de los personajes y lugares, pero se supone también que el carácter de la acción y quizá también igualmente el tempo del relato en diversos momentos, la crudeza de las descripciones o su apacibilidad, el número de páginas y desde luego la adaptabilidad al gusto o demanda sociales. El escritor sólo tiene que esperar, luego, a que la impresora le sorprenda con el producto y admirar el talento de la máquina, estampar su firma al fin, y a vender. Se infiere, además, que con un tal Writing Partner se pueden reescribir todas las grandes obras de la literatura mundial, adaptándolas también a aquella demanda social y, de paso, tornándolas «políticamente correctas», de modo que Otelo sea de etnia blanca, y La gitanilla, de Cervantes, se llame La morenita o algo así.